Los días contados

Se repite mucho, como una suerte de maldición rutinaria, que los periódicos tienen los días contados; y tal vez sea cierto, a juzgar por lo asumido que lo tienen quienes deberían preocuparse por su supervivencia y más bien se dedican a darles la puntilla. Y es que, en verdad, si contemplamos con cierta perspectiva los cambios desquiciados que la prensa ha experimentado en los últimos años, concluiremos que directores y editores de prensa sufren una suerte de arrebato suicida; pues de suicidas hemos de calificar a quienes reniegan de su naturaleza y tratan de sustituirla por otra que no es la propia. Muchos han sido los intentos de desvirtuar la naturaleza de los periódicos en los últimos tiempos, impulsados por una pretensión de `asimilarlos´ a otras formas de comunicación más novedosas. Se empezó por `aliviarlos´ de letra y por sustituir las piezas más extensas (frondosos reportajes, entrevistas consistentes, minuciosas crónicas) por un conglomerado o batiburrillo de gacetillas breves, pues se consideró que el lector hodierno, habituado a las urgencias del lenguaje televisivo, buscaba en el periódico un `picoteo´ veleidoso, al estilo del que le proporciona el zapping o la navegación sumaria por Internet. A nadie se le ocurrió pensar que ese `picoteo´ ya se lo proporcionaban la televisión o Internet, y además de forma mucho más eficaz e inmediata; y que tal vez quien perseveraba comprando periódicos, pese a disponer de tropecientos canales televisivos y conexión a Internet, buscaba en ellos precisamente lo que solo los periódicos le brindaban. Pero se prefirió convertir a los periódicos en un sucedáneo patético de aquellos otros medios; y ya se sabe que la gente, cuando le das a elegir entre el original y el sucedáneo patético, se queda con el primero, salvo que esté chiflada o padezca tendencias masoquistas.

En este intento de asimilación grotesca de los periódicos a otras formas de comunicación se han cometido muchas tropelías. Quizá la más chocante consista en renunciar a aquellos géneros que solo la prensa puede albergar, para abrazarse a aquellos otros que los otros medios de comunicación han hecho propios; y que, además, cuando el periódico sale a la calle, los otros medios han exprimido hasta la saciedad. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, que un periódico dé noticia de las frases más rimbombantes que un político ha proferido desde la tribuna parlamentaria cuando, durante el día anterior, todos los noticiarios radiofónicos y televisivos con sus tropecientas tertulietas adheridas correspondientes las han repetido machaconamente a cada poco, convirtiéndolas en una suerte de alfalfa mil veces digerida? En cambio, los periódicos podrían ofrecer algo que ni los noticieros radiofónicos y televisivos, ni sus tropecientas tertulietas adheridas, pueden ofrecer; algo, por lo demás, que tradicionalmente habían ofrecido, antes de que los asaltase el arrebato suicida. la crónica parlamentaria afilada de sarcasmos en la que el cronista, a la vez que hace la etopeya irónica de los merluzos o eminencias que han desfilado por la tribuna, se inmiscuye en los corrillos que hormiguean por los pasillos del Congreso, sonsaca a ujieres y taquígrafos, espía el berrinche de tal o cual diputado preterido o desencantado, al estilo de lo que antaño hacían Wenceslao Fernández Flórez o Azorín. Ofreciendo una crónica parlamentaria de este jaez, el periódico brindaría periodismo distintivo y brillante; pero, misteriosamente, prefiere ofrecer la alfalfa mil veces regurgitada.

Misteriosamente también, los periódicos han ido arrinconando el articulismo literario, cuya prosapia se remonta al menos hasta Larra y que ha sido durante siglos el episodio más distintivo de nuestra prensa. Al columnista ya no se le pide que escriba con un estilo propio y una mirada intransferible (revirada o cándida, pero intransferible), sino que sea un `icono mediático´, aunque su estilo sea mazorral e inepto y su mirada legañosa (y, por lo general, corregida por las antiparras que le suministran en Ferraz o Génova). Y el `icono mediático´, impepinablemente, escribe para el periódico artículos regados de las mismas consignas pedestres y lugares comunes pestíferos que el día anterior propinó en el tour de tertulietas radiofónicas y televisivas; con la diferencia de que las consignas y lugares comunes que, soltados en la tertulieta, se beneficiaban de la inmediatez del medio, al papel llegan más fiambres que la momia de Tutankamon.

Al final, tendremos que aceptar la maldición rutinaria. los periódicos tienen los días contados.