Sencillos como niños

Yo te alabo, Padre del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los sencillos . Esta frase, que encontramos varias veces repetida en los Evangelios (en San Lucas, incluso, se nos especifica que Jesús la pronuncia inundado de gozo ), me hace pensar mucho cada año, cuando llega la Navidad. Una interpretación torticera de la misma ha pretendido presentar razón y fe como esferas disociadas e incompatibles. los misterios de la fe quedan así reducidos a una pacotilla de supersticiones idiotas, solo aptas para personas crédulas y sugestionables, `beatas´ en el sentido malévolo de la expresión. Pero ¿quiénes son esos sencillos y esos sabios a los que se refiere el Evangelio? A Jesús no podía escapársele que entre sus seguidores había también hombres doctos, habituados al trabajo intelectual, a quienes estas cosas no les habían sido ocultadas. hasta la cueva de Belén habían peregrinado tres sabios venidos de Oriente para adorarlo; y el fariseo Nicodemo, o José de Arimatea, miembros ambos del Sanedrín, no creo que fueran precisamente hombres rústicos o ignaros. Por `sencillez´, pues, Jesús debía de referirse a algo bien distinto a lo que la petulancia intelectual presume. En otro pasaje del Evangelio hallamos una mención que puede ayudarnos a entenderlo. En verdad os digo, si no cambiáis y os volvéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos .

¡Conque ser sencillo equivale a volverse niño!, exclama de inmediato el hombre envanecido de su razón. Luego la fe es algo pueril, propio de mentes rudimentarias y moldeables, a quienes se puede embaucar fácilmente con patrañas y falsedades. Pero lo cierto es que las patrañas y las falsedades han encontrado siempre mejor acomodo en las mentes `racionalistas´; y, cuanto mayor es el grado de sofisticación y alambicamiento de esas mentes, mayor su propensión a urdir y maquinar ideaciones insensatas. Un niño puede creer a pies juntillas en un remoto País de las Hadas; pero ni por asomo se le ocurriría creer que el País de las Hadas puede lograrse mediante la `lucha de clases´ o la `libertad de mercado´. estas ensoñaciones quiméricas son propias de mentes adultas. Si la existencia de un remoto País de las Hadas, por improbable que parezca, nadie ha podido refutarla aún, la existencia de un paraíso en la tierra logrado a través de la lucha de clases o la libertad de mercado ha quedado sobradamente refutada por la realidad; y aun así, muchos `sabios´ siguen creyendo a pies juntillas en semejantes entelequias, o en otras parecidas, que calificaríamos de paparruchas, si no fuera porque -como la experiencia nos ha demostrado- resultan demasiado atroces y desquiciadas.

¿Qué distingue la mente sencilla de un niño de la mente compleja de un `sabio´? No, desde luego, su mayor o menor credulidad, sino su repudio de las abstracciones frías, su apego a las cosas concretas y palpables. Un niño puede creer sin empacho en la existencia de una redoma maravillosa que encierra en su seno a un genio; solo a un `sabio´ se le ocurriría, en cambio, creer que ese genio anda desparramado por el universo, como una suerte de deidad panteísta. El niño -o quien se vuelve como un niño- cree que lo más misterioso o sagrado puede anidar en las cosas pequeñas; y, en consecuencia, se afana en buscarlo alborozado entre sus juguetes, o entre los guijarros de una playa. El `sabio´, por el contrario, tiende a creer, con su habitual propensión generalizadora, que lo más misterioso o sagrado es inabarcable, sobrehumano, extenuador, desdeñoso de los límites del tiempo y del espacio; y, en consecuencia, termina concluyendo que o bien su búsqueda debe conformarse con ser especulativa, o bien desiste de la búsqueda. Por eso quien es niño -o quien se vuelve como un niño- puede entender sin escándalo que las manos que han creado el sol y las estrellas sean las manecitas ateridas de un recién nacido en un pesebre. Por el contrario, quien es `sabio´ -o quien pretende volverse sabio- tenderá, por el contrario, a hacerse una `idea´ sobre un recién nacido y otra `idea´ sobre la fuerza desconocida que ha creado el sol y las estrellas; y ambas `ideas´ le parecerán contrarias e inconciliables.

La fe, en suma, es lo contrario de una `idea´. Mediante ideas se pueden explicar nociones abstractas y desencarnadas; la fe necesita encarnarse en cosas tan frágiles y menudas como un niño que manotea en un pesebre. Estas son las cosas que se ocultan a los sabios y se revelan a los sencillos. Feliz y sacra Navidad a todos.