Doctrina social

Muchos católicos creen que sobre las realidades sociales, políticas y, muy especialmente, económicas no pueden hacerse juicios de naturaleza teológica o moral, por pertenecer dichos ámbitos a una esfera enteramente secular. Por eso, cuando hablan de economía, aceptan categorías radicalmente anticristianas, sin examinar los presupuestos antropológicos o, más precisamente, teológicos, que convierten la economía moderna en un nuevo Moloch al que alegremente se sacrifican millones de vidas humanas. Pero renunciar al análisis de estas realidades desde presupuestos teológicos y morales es tanto como dimitir de la fe.

A finales del siglo XVIII, con la revolución de Adam Smith, los economistas quisieron liberar la economía de la teología; después, a lo largo del siglo XIX, los economistas quisieron desvincular la economía de la teoría política, hasta llegar a la situación presente, en que la economía se ha convertido en una ciencia cada vez más abstracta y matemática (pero de una matemática que siempre yerra, por cierto). El Papa Pío XI, en su encíclica Quadragesimo Anno, nos recordaba que, aunque el fin de la Iglesia es sobrenatural, no puede renunciar a interponer su autoridad, no ciertamente en materias técnicas, para las cuales no cuenta con los medios adecuados, sino en todas aquellas que se refieren a la moral , incluyendo la promoción de un orden social justo. Muchos han sido los Papas, de León XIII hasta nuestros días, que han condenado el socialismo, por concebir la sociedad y la naturaleza humana de un modo incompatible con la visión cristiana. También han condenado las formas de capitalismo que han hecho del lucro el motor esencial del progreso, olvidando que la economía está al servicio del hombre. Sin condenarlo en términos absolutos, Pío XI afirmaba que el sistema capitalista no es intrínsecamente malo, pero está profundamente viciado ; y en su encíclica Divini Redemptoris afirmaba que el liberalismo ha abierto la senda del comunismo , pues los trabajadores estaban preparados para su propaganda por el abandono religioso y moral en que habían sido dejados por la economía liberal . Habría que preguntarse, pues, si el capitalismo es un mero modelo de organización económica, o si por el contrario incluye -como el propio socialismo- una concepción mecanicista del hombre y de las relaciones sociales.

Es corriente aducir que las propuestas de la doctrina social de la Iglesia no sirven para dilucidar los arduos problemas suscitados por las nuevas realidades económicas en un mundo globalizado que sufre los zarpazos de una crisis financiera arrasadora. Pero una lectura atenta de las grandes encíclicas sociales basta para desmontar estos tópicos. Así anticipaba Pío XI, en un fragmento profético de Quadragesimo Anno, la emergencia de un nuevo poder tiránico, fundado en la concentración del dinero, que llega a convertir a los Estados en marionetas a su servicio. La libre concurrencia se ha destruido a sí misma; la dictadura económica se ha adueñado del mercado libre; por consiguiente, al deseo de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición de poderío; la economía toda se ha hecho horrendamente dura, cruel, atroz. A esto se añaden los daños gravísimos que han surgido de la deplorable mezcla y confusión entre las atribuciones y cargas del Estado y las de la economía, entre los cuales daños, uno de los más graves, se halla la caída del prestigio del Estado, que debería ocupar el elevado puesto de rector y supremo árbitro de las cosas y se hace, por el contrario, esclavo, entregado y vendido a la pasión y a las ambiciones humanas .

En esta misma encíclica, por cierto, Pío XI escribía. Se equivocan de medio a medio quienes no vacilan en divulgar el principio según el cual el valor del trabajo y su remuneración debe fijarse en lo que se tase el valor del fruto por él producido (Quadragesimo Anno, 68). Para que el trabajo pueda ser valorado justamente y remunerado equitativamente, es preciso, afirmaba Pío XI, que el salario alcance a cubrir el sustento del obrero y el de su familia, ajustándose a las cargas familiares, de modo que, aumentando estas, aumente también aquel . Es, desde luego, muy comprensible que los adoradores de Moloch se preocupen de que la doctrina social de la Iglesia sea desconocida, aun para los propios católicos; más inquietante resulta que nuestras jerarquías eclesiásticas no se esfuercen por combatir este desconocimiento, con la que está cayendo.