“Libertad”

Así, de forma tan lacónica (pero con frecuencia el laconismo es el disfraz falsamente modesto de la pomposidad), se titula la novela de Jonathan Franzen que ha cosechado los ditirambos más encendidos de la crítica literaria mundial. Tal ha sido la resonancia lograda por el autor que la revista Time le ha dedicado su portada, honor mundano que la prensa autóctona ha celebrado con arrobo y entusiasmo; ese arrobo y entusiasmo un poco sonrojantes, hijos por igual del esnobismo y de cierta mentalidad lacayuna y colonial, con que se aplaude todo lo que nos llega bendecido por el establishment cultural.

Me propuse leer la novela de Franzen, pese a que anteriores entregas del autor me habían convencido de que su literatura es solipsista y farragosa, muy representativa de la gangrena que corrompe a buena parte del arte contemporáneo, empeñado en elevar la inanidad a un pedestal de adoración. Cuando escribo `inanidad´ quiero decir vacuidad, nadería, insignificancia; y no se me escapa que muchos grandes maestros han logrado penetrar en el misterio humano retratando los pensamientos o acciones humanas más `insignificantes´. pero su grandeza consistía, precisamente, en mostrar -a veces de forma discreta, elusiva, invisible- la profunda significación que se ocultaba tras ellos. Pero esta `inanidad´ a la que me refiero postula que no existe significación alguna en lo que pensamos o hacemos; que todo lo que pensamos o hacemos es reflejo de una mera `pulsión biológica´; y que todo intento de encontrar un sentido último o trascendente en lo que hacemos es una quimera irrisoria. Franzen, como tantos otros escritores de nuestra época, no cree que la vida tenga sentido; y así, todo lo que piensan o hacen sus personajes es como un intento -hiperrealista e hipertrofiado, pues una de las notas características de esta literatura es su enojosa prolijidad- por distraer o espantar la desesperación natural que invade nuestros días cuando no descubrimos en ellos un `argumento´. Esta desesperación o conciencia de sinsentido no se muestra en Franzen, sin embargo, al modo en que podría mostrarse en Joyce, como un intento de traducir gráficamente el panorama interno de la mente humana expuesta a un enjambre de impresiones confusas; tampoco al modo en que se muestra en Kafka, como un retrato de un mundo frío y minuciosamente pesadillesco. La desesperación de Franzen es una desesperación tranquila, de una tranquilidad de calma chicha, que sigue los avatares -rutinarios y mazorrales- de sus personajes con la misma exhaustividad desapasionada con que un detective sigue los episodios adulterinos del tipo al que le han encargado que espíe. A veces, es cierto, Franzen se permite el humor, como el detective encargado de espiar al adúltero se permite ridiculizar en sus informes sus dotes amatorias o la fealdad de sus amantes; pero es siempre un humor `desalmado´, desangelado, que no rompe la atonía de la narración. A la postre, su novela nos transmite una impresión de aridez espiritual que se refleja en todo lo que los personajes hacen, en todo lo que dicen, en todo lo que piensan; y, ciertamente, hacen, dicen y piensan muchas cosas a lo largo de ochocientas páginas implacables, pero todo ello carente de significación, como si fuera la crónica de una necrosis, de una gangrena indolora, de una desolación sin lucha.

Esta misma impresión de aridez espiritual la he encontrado en otros muchos escritores de nuestro tiempo, de los que Franzen es discípulo confeso o epígono inconfeso, tan encumbrados y venerados como él mismo por retratar las inquietudes del hombre medio . Pero para retratar las inquietudes humanas hace falta, antes que nada, humanidad; y por humanidad no quiero decir sentimentalismo pío, sino capacidad de alumbramiento del misterio humano. Y lo que estos autores retratan es más bien la descomposición de lo humano, convencidos de que el hombre es pura materia condenada (o más bien solo convocada) a la pura disgregación. Desde esta convicción, la peripecia de sus personajes se reduce a ””experiencia biológica””; y todas las empresas que abordan se convierten en activismos vacuos, porque sobre ellas gravita la noción desesperada del sinsentido de la vida, reducida a la noción de accidente cósmico. Puede que Franzen sea un lúcido -aunque, desde luego, bastante pelmazo- notario de nuestra época; y, en este sentido, la portada de la revista Time la tiene bien merecida. Pero de ahí a ser un gran escritor media un gran techo; porque la literatura, si aspira a no perecer por agotamiento, tendrá que volver a dar cuenta de la razón del vivir.