Barbate, entre la mar y el desamparo

El despampanante atardecer barbateño es de los pocos consuelos que les queda a los ciudadanos que se asoman a la playa del Carmen, al Paseo Marítimo, al objeto de aminorar el escozor de sus llagas. Barbate es Trafalgar, la batalla en la que todos murieron (menos el francés que propició el desastre) y en la que, como casi siempre, venció Inglaterra; Barbate es la almadraba con la que se levantan los atunes que van de aquí para allá y que acaban muchos de ellos en manos de un japonés que los paga bien; Barbate es el viento de levante, que impulsa el vuelo y el surco de los que viven montados en una ola; Barbate es una flota pesquera adecuada a pescar en aguas marroquíes que aprovisiona una lonja a la que viaja medio Cádiz a comprar lo que cada día cuesta más encontrar; Barbate es la industria conservera (¡viva El Rey de Oros!), las salazones, los ahumados, la melva, la caballa y la madre que parió a todas Barbate es muchas cosas, pero hoy es desolación, desorientación, negra sombra sobre arena blanca. Pocos municipios españoles gozan de la belleza natural del término municipal de Barbate, que incluye el núcleo urbano y dos pedanías míticas para los amantes de las playas con vocación de duna y pinar. Los Caños de Meca y Zahara de los Atunes. Limitado en su crecimiento por tratarse de parajes protegidos y ocupado en buena parte por el asombroso Parque Natural de la Breña -magnífico para ser recorrido por sus bellísimos senderos- y por el cuartel militar Sierra del Retín, Barbate puede confiar poco en la expansión urbanística. Entre ambas realidades ocupan un 80 por ciento del suelo, que ya es decir. Tampoco llaman a diario a la puerta de la Alcaldía empresas que quieran instalarse en una población equidistante de Jerez, Cádiz y la Bahía de Gibraltar y comunicada de aquella manera. Hasta hoy se ha vivido de la pesca; a trancas y barrancas, pero se ha vivido. cerca del 65 por ciento de la economía local, entre puestos de trabajo directos e indirectos, vive de poder pescar peces debajo del agua, de cualquier agua, pero especialmente de Marruecos, donde se captura el 70 por ciento de lo que se vende en su lonja gracias a que Barbate es la población con más licencias de pesca para esos caladeros (21 de las 44 andaluzas). Pero llegaron los cretinos señoritos de Bruselas y tomaron una decisión que aún nadie comprende. negarse a la prórroga del acuerdo pesquero con Marruecos a cuenta del conflicto del Sáhara, ya que no se demuestra que las capturas beneficien a la población saharaui . ¿Y qué tendrá que ver una cosa con otra? Los ”euroidiotas” se han fotografiado con cara de progres estupendos -incluido Willy Meyer, eurodiputado español de la provincia de Cádiz (¡)-, ya que han impedido que se vulneren derechos en el Sáhara, aunque sea a costa de acabar de hundir a una población española, gaditana por más señas. Barbate no puede pescar, no puede crecer y no puede vivir de los que vamos a comer atún a El Campero o a Antonio (dos templos de los túnidos, espléndidos tartares, formidable todo, para volverse literalmente loco) o de los que vamos a tomar una copa al fascinante y añejo Café Revuelta, de Diego y Encarna, con lo que a pocos sorprenderá que algunos jóvenes se dediquen al fardo de droga y sean vistos por el pueblo conduciendo unos cochazos de aúpa. A esos no se los va a convencer ahora de que lo dejen a cambio de un trabajo por el que se les pague 900 euros. El Ayuntamiento no puede pagar los sueldos de los empleados municipales, y cerca del 30 por ciento de la población está en paro. Solo falta que la abuela se ponga de parto. Con todo, una visita a Barbate es obligada. la historia, la naturaleza, la gastronomía y su gente se la merecen. A la vera tienen Vejer de la Frontera, que no es menudo, y al otro lado, Tarifa. Y al frente el Atlántico, el océano en el que perder la vista y suspirar por la esperanza, lo único que les queda a muchos lugareños. Ánimo, Barbate.