Anonymous

Desde 1927, la revista Time, una de las más influyentes del mundo, elige el Hombre del Año. Bueno, desde 1999 elige la Persona del Año pero, teniendo en cuenta que en todo este tiempo solo cuatro mujeres han merecido tal honor, bien podrían haber dejado el título tan machista como antes. He dicho honor y habría que matizar este concepto, puesto que también fueron Hombres del Año Stalin y Hitler; el primero, dos veces. Las bases del premio dicen que se concede a la persona que haya tenido más impacto periodístico en el año . Sin embargo, después de habérselo otorgado al ayatolá Jomeini y cosechar una avalancha de críticas, juiciosamente optaron por lo políticamente correcto y ya no eligen chicos malos. De ahí que Bin Laden, a pesar de haber sido sin duda el que más impacto periodístico tuvo, no en uno sino en muchos de los últimos años, nunca lo ganó. Ustedes dirán que a qué viene hablar ahora de esto, ya que el fallo del jurado se hace público en diciembre y una bien conocida premisa periodística dice que no hay nada tan obsoleto como el diario de anteayer. Es verdad, pero a veces, como en este caso, el reconocimiento de la revista Time sirve para llamar la atención sobre la proyección futura de la persona o las personas elegidas. Hay que decir que el distinguido en esta ocasión es un símbolo de la época en la que nos ha tocado vivir. Porque no es ni hombre ni mujer, ni de derechas ni de izquierdas, ni del Tercer Mundo ni del Primero, ni malo ni bueno. De hecho, no tiene cara ni raza ni tampoco patria. Es ustedes probablemente ya lo sepan el indignado. O Anonymous, como muchos han querido llamarlo, porque tras su máscara, homenaje al conspirador católico inglés Guy Fawkes, se ocultan muchos y orgullosos miembros de este colectivo. Yo no voy a entrar a valorar un movimiento tan heterogéneo y polivalente, que ha tomado la Puerta del Sol y Wall Street, pero también la plaza Tahrir, en El Cairo, o las calles de Moscú. Baste decir que creo que surgió con toda la razón del mundo y que es una llamada de atención a las conciencias de todos. Bueno, de todos menos de los directos responsables de las diversas crisis, que no parece que tengan conciencia a la que llamar, pero esa es otra historia. Lo que me interesa analizar ahora es algo relacionado con la naturaleza humana y sus contradicciones. Es un poco cínico, pero, a poco que uno piense, se da cuenta de que los malos sentimientos muchas veces generan grandes obras, mientras que los buenos a menudo engendran desastres. Me explicaré. La soberbia y la envidia o el hambre y la necesidad no son precisamente cosas positivas. Sin embargo, sin la soberbia de los faraones nunca se hubieran levantado las pirámides de Egipto y sin la envidia irredenta del papa Julio II a los Borgia ahora no tendríamos la capilla Sixtina. ¿Y qué decir del hambre y la necesidad? Sin ellas estaríamos aún en la caverna dibujando mamuts y haciendo cestos. Por otro lado, como dice el refrán, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. Y, si no, que se lo pregunten a los revolucionarios que tomaron la Bastilla en París para ver cómo sus deseos de liberté, égalité y fraternité acababan, un par de años más tarde, en el Gran Terror, con la guillotina funcionando a destajo. Y es que, como escribió Goya a propósito de aquellos años, los sueños de la razón crean monstruos, por el simple motivo de que siempre hay unos pocos listillos que se aprovechan del sano entusiasmo del resto. Yo no quiero decir, ni mucho menos, que algo así vaya a pasar con los indignados. Pienso que cada época tiene su afán. En realidad, lo único que me preocupa de este movimiento es que ese anonimato del que ellos están tan orgullosos pueda volverse en su contra. Todos los movimientos asamblearios comienzan así, rechazando nombrar líderes o abanderados, pero es mejor tenerlos, ante el riesgo de caer en manos de quien prefiere seguir oculto tras una máscara. Y creer que tras una máscara hay un superhéroe o adalid del bien tipo Batman y Spiderman es tan infantil como creer en el ratoncito Pérez. Tras una careta suele ocultarse siempre alguien que prefiere no dar la cara. Ellos sabrán por qué.