Operación de imagen

Hace algunas semanas, se difundía en la prensa que el nuevo gobierno había ofrecido al escritor Mario Vargas Llosa la presidencia del Instituto Cervantes; a los pocos días sabíamos que el premio Nobel había declinado la oferta. El episodio es, desde luego, estrafalario; y, si yo fuera presidente de ese nuevo gobierno, empezaría por destituir al cantamañanas que filtró el ofrecimiento a la prensa, antes de que se viera coronado por el éxito. Si pavonearse de las conquistas siempre tiene sus riesgos, pavonearse de las pretensiones que luego acaban en desdenes o rechazos es del género idiota; pero no es esta la reflexión que me incita a escribir sobre el asunto.

Ofrecer a Mario Vargas Llosa la presidencia del Instituto Cervantes no es, en el fondo, sino lo que ahora llaman una `operación de imagen´; y que más precisamente debería llamarse alarde megalómano o delirio de grandeza. Lo de menos es que Vargas Llosa, años atrás, ya hubiese rechazado una oferta semejante; o que públicamente hubiese retirado su apoyo al partido que ahora ha conquistado el poder, para entregárselo a otro de reciente creación. Ciertamente, tales antecedentes añaden al delirio de grandeza sus ribetes de masoquismo chusco, pero tampoco es esta la reflexión que me incita a escribir sobre el asunto. Lo que salta a la vista es que en el ofrecimiento hay un intento de parasitar la celebridad o el prestigio de la persona supuestamente honrada por el ofrecimiento; costumbre muy de nuestro tiempo, en el que se ha perdido el sentido de las proporciones y el pequeño trata de aumentar su estatura, subiéndose a hombros del gigante. Sin entrar en consideraciones sobre la talla literaria de Vargas Llosa, resulta evidente que -siquiera en el mercado de las vanidades mundanas- un premio Nobel, reverenciado por tirios y troyanos, nada tiene que ganar aceptando un puesto administrativo; y sí en cambio mucho que perder, pues enseguida tirios y troyanos se aprestarían a hincarle el diente.

Pero este intento de parasitar la fama o el prestigio ajeno con un ofrecimiento desproporcionado (por chiquito) es, como digo, moneda de uso corriente en nuestra época. Lo más llamativo del asunto es que el cargo que se le ofrecía a Vargas Llosa era, según nos ha contado la prensa, más bien de boato o relumbrón; es decir, se aceptaba que Vargas Llosa, siendo un escritor solicitadísimo y encumbrado, no iba a poder asimilar las cargas y compromisos propios de un puesto ejecutivo. Su misión no hubiese sido otra sino darle lustre al Instituto Cervantes, a modo de florero o cortinaje suntuoso que se muestra a las visitas, para que se mueran de envidia y pongan los ojillos en blanco; lo que nos permite penetrar un poco más en los mecanismos de la `democracia mediática´, donde la acción política se convierte en una tramoya o trampantojo en el que importan mucho más los `gestos´ que se lanzan a la galería que su sustancia propia. Al anterior gobernante que padecimos se le acusaba con frecuencia de hacer una política de diseño , solo atenta a epatar con efectismos inanes que distrajesen la atención de los asuntos medulares; y así se interpretaba -seguramente con razón- que en sus discursos soltase frases eufónicas pero perfectamente memas, o que nombrase ministras a jovencitas inexpertas, cuya ignorancia era al menos tan descomunal como su morro. Pero sospecho que tales usos no eran exclusivos de aquel gobernante depuesto, ni tampoco de los gobernantes recién puestos, sino que son constitutivos de esta fase de degeneración democrática, en la que el ejercicio del poder se ha contaminado de los modos y argucias propios de la propaganda y el espectáculo; y en donde la adhesión de los fieles -o la tolerancia de los detractores- se logra mediante golpes de efecto sensacionales, cuanto más grandilocuentes, mejor. Se trata de adornar la casa con jarrones y cortinajes suntuosos, aunque la casa carezca de calefacción y hasta de agua corriente. ¡Total, esas minucias no se aprecian en las fotos!

En el fondo, ofrecer la presidencia del Instituto Cervantes a Vargas Llosa obedece a la misma lógica que ofrecer la presidencia de la Filmoteca Española a Penélope Cruz. A alguien la comparación podrá parecerle frívola; pero el mecanismo mental que guía el ofrecimiento es exactamente el mismo. delirios de grandeza mezclados con un entendimiento de la acción política como puro espectáculo. Lo que ahora llaman `operación de imagen´.