Los extremos se tocan

Estoy en París por trabajo, y en el televisor de mi hotel irrumpe de pronto la linfática cara de la presidenta Cristina Fernández (de Kirchner) al grito de. ¡Malvinas, argentinas! . Escribo el apellido de su marido entre paréntesis porque ella, lejos de prescindir de él, como haría cualquier mujer segura de su peso específico, lo utiliza como pancarta, cuando no como bandera. Soy uruguaya y mujer, de modo que sigo con sumo interés las actuaciones de las mandatarias latinoamericanas. Por eso, me llama la atención cómo reproducen los dos modos de gobernar que, desde la independencia de nuestros países, han sido norma. Desde aquellos años ya lejanos, los países de América han sido regidos por personas que o bien seguían un patrón caudillista, o bien uno ilustrado y liberal, hijo de los valores de la Revolución francesa. Es curioso observar también cómo, cuando uno trata de recordar figuras que representen uno y otro modo de gobernar, resulta mucho más fácil recordar nombres de los primeros que de los segundos. Estos últimos, entre los que se cuentan Julio María Sanguinetti, de Uruguay, o Belisario Betancourt, de Colombia, quedan apabullantemente eclipsados por los caudillos. ¿Cuántos recuerda usted? A mí así, sin pensarlo mucho, se me ocurren lo menos diez o doce y de todo signo. Desde los de izquierdas, como Castro, Chaves o Correa, hasta los de derechas, como Perón, Pinochet o Trujillo. Esta lucha entre los caudillos y los hijos de la Ilustración es tan antigua como desigual, y la diosa fortuna siempre ha favorecido más a los primeros. De los orígenes de este fenómeno habla y muy bien J. J. Armas Marcelo en su último libro, llamado La noche en la que Bolívar traicionó a Miranda, que es como una apasionante escenificación teatral de esa noche en la que se decidió la suerte de ambos. La de Miranda, adalid de los valores de la Ilustración y la modernidad, frente a la de Bolívar, un hombre dictatorial que tuvo, sin embargo, la fortuna de sintonizar con los aires de libertad de entonces, por lo que la Historia lo ha llamado Libertador. Se dice siempre que la Historia enaltece a los personajes que encarnan los valores que rigen en un preciso momento, y desde luego Bolívar encarnaba a los criollos deseosos de independencia frente a Miranda, considerado español y aventurero. Sin embargo, lo que resulta alarmante ahora es que ese caudillismo, que tenía su razón de ser en 1812, siga vigente doscientos años después. Y más aún que el mismo patrón se reproduzca en la forma de gobernar de nosotras, las mujeres. Es lógico que las primeras mujeres convertidas en mandatarias hayan adoptado patrones de conducta masculinos. No tenían más remedio que ser más hombres que los hombres, y así lo entendieron con gran éxito Golda Meir y Margaret Thatcher, por ejemplo. Pero desde entonces son muchas las que han gobernado y muy bien con patrones de conducta femeninos, como Michelle Bachelet o incluso Angela Merkel. O Dilma Rousseff, de Brasil, o Laura Chinchilla, de Costa Rica, quienes, pese a las dificultades, han sabido ganarse el respeto de sus electores. Sin embargo, y por desgracia, como siempre en la historia de nuestro continente americano, al final de quien se habla es de los caudillos, no de los ilustrados, de los Bolívares y no de los Mirandas. Y ese trasnochado caudillismo lo sabe explotar y muy bien la señora de Kirchner. No solo con su lamentable utilización de la muerte de su marido para fines electorales. No solo con su cháchara populista destinada a tocar la fibra más sensiblera y barata de un pueblo tan culto como el argentino. Ahora, en su megalomanía (completamente innecesaria porque tiene índices de popularidad altísimos), ha decidido ir un paso más allá y apelar al patrioterismo más ramplón. En otras palabras, utilizar el conflicto de las Malvinas tal como hiciera, treinta años atrás, la siniestra dictadura militar, lo que demuestra, tristemente, dos cosas. Que entre Bolívares y Mirandas está todavía el juego y que, como en todo lo que tiene que ver con la naturaleza humana, ya sea masculina o femenina, los extremos se tocan, cuando no se abrazan