Orgullo friqui

Vivimos una época de recuelo y escurrajas en la que, a la descomposición de los `grandes relatos´ (pretendidas visiones omnicomprensivas del mundo que la modernidad impuso como alternativas a la visión religiosa) propia de la posmodernidad, se suma el desconcierto ocasionado por el derrumbe económico de Occidente. Y una de las expresiones más grotescas -y a la vez características- de nuestra época es el auge de lo que se ha dado en llamar `friquismo´. Aunque `friqui´, o `friki´ (del inglés freak, `monstruo´, `extraño´), no es término todavía recogido en los diccionarios, su uso es cada vez más frecuente; con tal palabra se designa a la persona de conducta estrafalaria que construye, en torno a sus manías y obsesiones, un universo autónomo más bien sonrojante que no se contenta con resguardar en los retretes de su intimidad, sino que lo airea sin rebozo, causando asombro o hilaridad entre quienes lo rodean. Naturalmente, todos tenemos algo de `friquis´ en potencia; quiero decir que todos cultivamos aficiones que el común de la gente juzgaría pueriles o enervantes. Lo que distingue al `friqui´ verdadero del `friqui´ potencial es el desparpajo satisfecho con que el primero exhibe tales aficiones; desparpajo que acaba convirtiendo tales aficiones en expresión orgullosa de identidad, incluso en fortaleza autista frente a un mundo exterior que se considera ajeno u hostil.

El `friquismo´ vendría a ser algo así como la versión remozada y terminal de aquel fenómeno de las `tribus urbanas´ propio de la llamada `contracultura´. Solo que en aquellas `tribus urbanas´ (que en realidad eran subproductos del propio sistema consumista, aunque ingenuamente se configurasen `contra´ el sistema) aún sobrevivía un gesto airado de inconformismo; gesto que era más bien aspaviento, desde luego, y además aspaviento inducido por el propio sistema, que de este modo se aseguraba el apacentamiento o domesticación de aquellos sectores juveniles que se pretendían rebeldes, dotándolos de una `estética´ maldita (que, en el fondo, era producto de la mercadotecnia) y de un seudopensamiento anarcoide que no era sino la expresión exasperada del aburguesado nihilismo ambiental. En el `friqui´, sin embargo, ya no sobrevive el malditismo propio de aquellas trasnochadas `tribus urbanas´; y la pose `contracultural´ propia de la primera fase de la posmodernidad es sustituida, en esta fase de recuelo, por una aceptación alborozada de los subproductos que la propia posmodernidad, cansada de sí misma, ofrece al consumo. Y así, el `friqui´ hace de estos subproductos el corazón de un nuevo culto entusiasta, seudorreligioso incluso, que colma por completo sus depauperados anhelos. Si las tribus urbanas eran una exasperación del nihilismo ambiental, el `friquismo´ es su aceptación resignada y, llegado cierto punto de autosugestión, dichosa. El `friqui´, al igual que el miembro de una tribu urbana de antaño, es hijo del sinsentido. el mundo, reducido a añicos tras el colapso de los sistemas de pensamiento que presuntuosamente trataron de actuar a modo de sucedáneos religiosos, ha extraviado su significado; solo que donde el miembro de una tribu urbana oponía al nihilismo ambiental su nihilismo enojado y rabioso, el `friqui´ rescata, entre los añicos resultantes del nihilismo ambiental, un añico cualquiera, lo encarama en un pedestal y le rinde culto idolátrico, organizando en su derredor un universo ficticio, complaciente y jovial que anestesia su rabia y su enojo.

El `friquismo´ se convierte, de este modo, en la victoria más apabullante del sistema, que puede alimentar a sus hijos más díscolos con las migajillas desprendidas de su proceso de descomposición. Ya ni siquiera tendrá que preocuparse de los previsibles accesos de violencia que el desarraigo o la falta de socialización provocaban entre los miembros de las tribus urbanas, porque el `friqui´ ha hecho de su propia falta de sociabilidad su `sociedad´ propia. la empalizada se ha convertido en refugio frente a la intemperie, en cárcel inocua y gustosa que garantiza la estabulación de grandes masas de jóvenes (y no tan jóvenes) alienados que, huérfanos de trascendencia alguna, viven engolfados en un micro-universo de subproductos lúdicos que, además de entontecerlos, aseguran su sometimiento a los engranajes del consumo. El `friqui´ se convierte así en el esclavo perfecto del sistema. orgulloso de su esclavitud, mientras sueña con superhéroes galácticos.