De Sanlúcar a Olivenza

Tristancho (de Rocamador), Trifón (de calle Ayala), Álvaro Palacios, Carles Abellán y un servidor andábamos como los cinco magníficos -perdonen la ordinariez de la inmodestia- buscando la Taberna Perdida en un pueblo de Portugal. Los pueblos portugueses son un ejemplo de todos los equilibrios, cuidados, coquetería y melancolía, por no decir elegante tristeza. A pocos kilómetros de la frontera con Extremadura, pasando la sorprendente villa de Elvas, está Vila Fernando. Allí en una taberna coqueta y amable dimos cuenta de una gallina suculenta regada con los borgoñas que traía Alvarito guardados en su refajo. Chambertin y Richebourg, ambos pinot noir, como todo borgoña, y asequibles al bolsillo, con esa elegancia de pimienta vieja que tienen los vinos franceses. Nos esperaba Olivenza, la villa española por la que siempre suspirarán los portugueses. En un fin de semana de marzo, una feria taurina revoluciona la pequeña localidad y la abarrota de sedientos aficionados deseosos de que pase el desierto del invierno. Olivenza es un prodigio de armonía y agrado, belleza y esas cosas que siempre se dicen de un pueblo que te gusta, que te acoge bien, que tiene buen gusto en sus hechuras, que sonríe al forastero y que cocina bien sus cosas. A Olivenza lo invadimos una horda de taurinos hambrientos y sedientos atraídos por los carteles bien rematados que confecciona una empresa que ha sabido colocar ese fin de semana entre los más atractivos de España. Este año, además con el acierto mediático y emotivo de la vuelta de Juan José Padilla después de que un toro le reventase la cara y un ojo en la plaza de Zaragoza. De ello todo se ha dicho, y de Padilla todo se ha celebrado. su salida a hombros, su página completa en el New York Times, su extraordinaria valentía, su pundonor, su esfuerzo de superación de adversidad, su honestidad, su serenidad, su autenticidad en suma. Poco vamos a añadir ahora los que, además, nos honramos con su amistad; solo que la emotividad de su vuelta fue tal que hace de la tarde del 4 de marzo un día difícilmente olvidable. El día anterior, posterior a un cocido de garbanzos hecho con el mimo de las manos de los Fernández Vara, El Juli exhibió todo el poder que acumula en su talento de torero de época, y Talavante escribió en la arena un relato prodigioso de diez minutos de muleta inverosímil. Pero la sorpresa me asaltó el viernes, tarde de nubes y sol, de fresco avance de primaveras por llegar. Anden atentos con Álvaro Sanlúcar, que parece un chiquillo sin serlo, que acaba de debutar con caballos y parece que lleva toreando diez años. Este Alvarito estaba el año pasado en El Puerto viendo un mano a mano de Morante y Manzanares y, girándose hacia su padre, le dijo. Voy a ser torero . Llegar en un año a interesar a más de un curioso observador es cosa llamativa y, si bien es verdad que son muchos los novilleros que prometen, impresionan y luego se quedan en el camino, la madera de la que está hecho este hombre que acaba de traspasar los veinte años parece pieza de barco viejo, sólido, surcador de siete mares. Tiene aplomo y clasicismo, además de gracia. Y es de un Sanlúcar de Barrameda, que ha aportado al mundo del toro nombres que no es necesario recordar y que cubren todas las categorías, desde matadores a puntilleros.

Una botella de La Faraona hizo las veces de símbolo de la felicidad embotellada ya en Rocamador, el monasterio reconvertido en hotel en medio de la dehesa. El otro Álvaro, Palacios, ha sabido sacar de los viñedos españoles el mismo oro que otros encuentran en una tarde de toros engañando a un animal sin mentir, como bien decía mi siempre llorado Manolito Vidal, sanluqueño que tanto hubiera gozado en esa tarde extremeña a punto de dejar los inviernos para regalarse temblores propios del verdor y el temple.