Las palabras no son inocentes

Me escribe una lectora para decirme que en mi artículo anterior se me ha ido un poco la pinza al sacar la conclusión de que existe peligro en admirar a los que ahora llamamos iconos. Ya saben, esa variada fauna que se ha colado en nuestras vidas a través de la tele, el cine o las revistas y que incluye desde actores de cine hasta princesas, pasando por niños bien, futbolistas, toreros, it girls y hasta delincuentes o simples caraduras. En resumen, cualquiera que sea carne de paparazi. Yo no sé en qué momento la palabra ídolo saltó de los altares al papel cuché y de lo sagrado a lo profano, pero me parece un término tan certero como inquietante. Certero en el sentido de que se usa para describir a personas que logran concitar una admiración rayana en la idolatría; inquietante porque, cuando se analiza a qué tipo de personas se idolatra, a veces se le caen a uno los palos del sombrajo. En realidad, el fenómeno es viejo como el mundo y lo único que cambia son los santos que cada época coloca en una peana y que simbolizan los valores (o la falta de ellos) de la sociedad en ese preciso momento.

Así, por ejemplo, y para remontarnos a un caso lejano y desde luego mucho más profundo y espiritual, el surgimiento de un personaje como san Francisco de Asís en el siglo XII trajo como consecuencia que a partir de ese momento muchas it girls (and boys) de la época renunciaran a las pompas de este mundo para vestir hábito y dedicar su vida a los pobres. ¿Por qué? Pues porque sintonizaba con los valores de aquel momento. O, para decirlo más frívolamente, porque la moda palabra que significa, literalmente, lo que más se lleva entonces era tener inquietudes espirituales y denostar la riqueza. Una actitud surgida como reacción a la decadente y corrupta sociedad de la época. Así, a lo largo de la Historia, el ser humano ha erigido sus ídolos, que encarnan en cada momento aquello que más se admira. Para nombrar iconos más cercanos a nosotros, pensemos en los del siglo XX, marcado por dos guerras mundiales seguidas de grandes transformaciones sociales como las que habrían de encumbrar a uno de sus ídolos más emblemáticos, Ernesto Che Guevara que tuvo la (enorme) suerte de morir joven. Y sobre todo de hacerlo antes de que su bello sueño guerrillero quedara opacado por el fiasco que ha resultado ser la revolución cubana. No siempre los iconos son virtuosos como san Francisco ni idealistas como el Che. Iconos han sido también no pocos caraduras con más de un crimen sobre sus espaldas como el bandolero el Pernales. Porque en realidad la sociedad, y en especial la nuestra, admira mucho al pícaro. Buena prueba de ello es que pícaro, guerrilla, siesta o macho son hispanismos que figuran en los diccionarios de otras muchas lenguas con su sonido original. Y si alguien se sorprende de lo que dice de los hispanohablantes la naturaleza o índole de estas palabras nuestras que se han hecho universales, yo les diría que en lo que se refiere a la lengua nada es casual. El modo en que se habla nos define, nos retrata e incluso nos caricaturiza. Peor aún, nos programa. Las palabras no son inocentes, son cargas de profundidad, de ahí que haya que elegirlas muy bien. Y eso me trae de nuevo al asunto de los iconos. Terrorífica palabra que entraña no solo admiración, sino una estúpida idolatría. Por eso, en mi artículo de hace dos semanas, yo decía que me preocupaba que se admirase a personajes que encarnan lo más imbécil del sistema capitalista.

A millonarias como Paris Hilton más que a Melinda Gates, que dedica su dinero y su esfuerzo a ayudar a otros; a críos ñoños como los Casiraghi más que a Mark Zuckerberg, que tiene la misma edad que ellos pero es el fundador de Facebook. Porque vivimos tiempos tan materialistas que lo que se sube a los altares es epítome del tanto tienes, tanto vales . Me temo que esto es así y que de momento no tiene arreglo. Pero desde luego nunca lo tendrá si seguimos adorando iconos tan estúpidos y, además, por la peana. n