Modesta España, a decir de Enric Juliana

Juliana i Ricart, Enric, es un sólido cronista y un perspicaz interpretador de la realidad. Es badalonés y periodista, añora el Pont del Petroli y desempeña su trabajo como delegado de La Vanguardia en Madrid. A decir de José Antich, director del periódico catalán, Juliana ha pasado a formar parte de uno de los dos grupos en los que suelen dividirse los corresponsales en Madrid. entre los que detestan la ciudad y los que se enamoran de ella, ha engrosado sin dudas el segundo. Con moderación, eso sí. Juliana puede ser, sin miedo a exagerar, uno de los más serenos y brillantes analistas de esta España de toboganes inesperados, un escribidor con pulcro manejo del castellano y hondo poso intelectual. Acaba de publicar Modesta España (RBA, Temas de Actualidad, 2012), libro en el que analiza paciente y serenamente el polvorín perpetuo de la política española, y lo hace atreviéndose a apostar por un futuro modesto para esta España que en poco tiempo había logrado duplicar la renta por habitante, crecer de forma interrumpida durante quince años y progresar en aspectos trascendentales para toda prosperidad como puedan serlo la educación y las celebridades artísticas y deportivas nacionales (los quijotes de derechas dejaron crecer irresponsablemente la burbuja inmobiliaria en la que se fundamentaba el reciente y sorprendente éxito español, y los quijotes de izquierdas no se atrevieron a pincharla o reventarla; el resultado está a la vista). La modestia a la que se refiere Juliana tiene poco que ver con la humildad. la primera requiere cierta serenidad, y la segunda crece después de una derrota y lo hace como remordimiento de la culpa. Poco o nada catastrofista, el autor sugiere que la modestia está algo reñida con el carácter español (lo pone en tensión) y no digamos con la épica; no obstante, será la única salida a un mundo en el que la clase media tiende a desdibujarse y desaparecer, llegando a algo parecido a la Quiebra Perpetua. España se aboca a un panorama tan incierto como el resto del lagarto mediterráneo, el cual solo saldrá de la situación cósmicamente grave en la que se encuentra mediante sacrificios pactados a cambio de una mejor vida civil.

Utiliza, por demás, una atractiva metáfora literaria en la persona del Caballero del Verde Gabán, don Diego de Miranda, breve pero interesante figura disimuladamente erasmista con la que juega Cervantes en el Quijote y que escenifica en su persona la serena modestia de quien consuela a un Alonso Quijano cabizbajo por una derrota. Diego de Miranda es la España burguesa y prudente que no pudo ser, porque pronto se transformó en oligarquía, y le pregunta irónicamente al deprimido hidalgo a dónde se dirige. Cervantes le hace responder. A la Modestia . Es una metáfora bien armada. Tras el relato bien hilado de los años del Aznarato y del Zapaterato, el autor entra en la particularización de territorios que le son propios. Describe hábilmente el catalanismo y le resta importancia a la tabarra nacionalista por el independentismo. Asegura que Cataluña nunca será un Estado independiente al uso de cualquiera de los que hoy configuran Europa, pero sí articulará junto con otras regiones de carácter ‘nacional’ una suerte confederativa bajo el paraguas de un Estado español bien garantizado por la Corona, a la que le aventura un futuro menos patético del que le auguran sus detractores. Es una interesante reflexión, como lo es el dibujo de la juventud española que acabará emigrando hacia los nuevos ejes de poder e influencia del mundo. si ahora nuestro PIB y nuestro Ibex 35 salva la cara gracias a países como Brasil, donde ganan dinero nuestras más importantes empresas, llegará un futuro en el que emerjan regiones por las que hoy no damos un duro. En un ejercicio de ficción un tanto teatral, Juliana se ve a sí mismo, nonagenario, despidiendo a sus nietos cuando estos parten como emigrantes a las regiones siberianas fronterizas con China y Mongolia.

Cuando ese momento llegue, de hacerlo, será efectivamente imprescindible la modestia como virtud cívica. Romper la vieja alianza entre Don Quijote y Juan Tenorio, asegura Enric Juliana i Ricart (Badalona, 1957), habrá de ser uno de los grandes desafíos de los españoles.