A la intemperie

Cuando paseo por la ciudad de mi infancia, busco los lugares en los que se quedaron refugiados mis recuerdos. Busco los descampados en los que me gustaba triscar, pero todos han desaparecido ya, devorados por un urbanismo sórdido y mazorral; y siento como si un pedazo de mi alma se hubiese quedado allí sepultado, bajo toneladas de cemento. Busco las tiendas de ultramarinos que solía visitar, acompañado por mi abuelo, fragantes de bacalaos como estandartes de la cuaresma, y las tiendas de tejidos, con sus mostradores de madera deslucida sobre los que se agolpaba una turbamulta de telas estampadas, y los puestos del mercado de abastos, donde los pescados se pudrían absortos sobre los helechos y los melones desventrados derramaban su dulzor, pero en su lugar me tropiezo con cafeterías sin carácter, perfumerías desangeladas y asépticos puestos de mercado que respetan escrupulosamente las ordenanzas sanitarias; y siento como si un pedazo de mi alma se hubiese quedado vaciada de todo aquel abigarramiento de olores, sabores y colores que le brindaba sustento. Pero quizá la impresión más aflictiva me la llevo cuando vuelvo a pisar los lugares que permanecen intactos, aquellos sitios que aún conservan el mismo aspecto que tenían cuando yo era niño. porque lo que entonces me parecía una sucursal modesta del paraíso se me antoja ahora una ruina desolada; y siento que mi alma se ha quedado a la intemperie, sola en un mundo que no comprendo, como un pájaro que se ha caído del nido.

Me ocurre cada vez que los pasos me llevan hasta el patio en el que discurrieron mis juegos infantiles, en la parte trasera del edificio donde crecí. Allí, a salvo del tráfico, en una pequeña hondonada enlosetada, los niños del vecindario improvisábamos partidos de fútbol, lanzábamos la peonza, jugábamos a las canicas y a las chapas. Treinta años han pasado desde entonces; y el patio permanece incólume con su hondonada enlosetada. aún es posible descubrir en las losetas las resquebrajaduras que provocaban las púas de nuestras peonzas; y en las paredes que circundan la hondonada aún no han sido borradas las inscripciones exaltadas o sonrojantes con que celebrábamos nuestros enamoramientos fugaces. En las junturas entre las baldosas rotas aún permanecen los pequeños hoyos que excavábamos, para que sirvieran como gua en el juego de las canicas; y sigue cruzando la hondonada la pasarela bajo la cual tantas veces nos teníamos que arrastrar, para recuperar el balón que se nos había quedado allí encajado. Todo sigue exactamente igual que hace treinta años en aquel patio si no fuera porque ha dejado de ser cónclave de los niños del vecindario. A la algarabía de antaño, a los gritos de exultación y a las pendencias veniales de antaño ha sucedido un silencio hosco, como de lugar en cuarentena o ciudad bajo el toque de queda; un silencio de una frialdad viscosa, como una floración de moho o una culebra pisada, que extiende sus miasmas por los alrededores.

¿Es que ya no quedan niños en este vecindario? Seguramente, menos que antaño; pero sigue habiéndolos. los he visto, de regreso del colegio, con sus mochilas a cuestas (antaño las cargábamos sobre las espaldas, ahora las transportan sobre ruedas, como carritos de la compra), internarse en los portales limítrofes; o asomarse un segundo a las ventanas de sus casas, huidizos y fantasmales, para bajar las persianas. Pero ni cuando regresan del colegio ni cuando se asoman fugazmente a la ventana miran siquiera a la hondonada en la que sus padres tantas veces brincaron y corretearon, sobre cuyas losetas tantas veces se descalabraron o se despellejaron las rodillas, bajo cuya pasarela intercambiaban cromos o se daban besos clandestinos. Han dejado de jugar en la calle, tal vez porque sus padres insensatamente se lo han prohibido; o, más tristemente, porque la calle se les antoja un paraje inhóspito, bárbaro, extranjero, acechado por la azarosa y multiforme vida, en contraste con la gustosa cárcel de su cuarto, donde juegan con la consola o se zambullen en las llamadas (con paradójico sarcasmo) ‘redes sociales’. Sospecho que ni siquiera echan en falta los juegos que sus padres improvisaban en la calle, satisfechos de su soledad angosta, iluminada por una pantalla de ordenador; y, mientras los veo internarse en los portales de sus casas, o bajar la persiana de su cuarto, siento que mi alma se ha quedado a la intemperie, sola en un mundo que no comprendo, como un pájaro que se ha caído del nido.