‘Contra la memoria’

Conocí literariamente a David Rieff merced a un consejo de mi amigo y colega Pepe Arenzana. Si te vas a vivir a Miami, tienes que leer el libro de este tipo . Titulado Camino de Miami, era un opúsculo perfecto sobre la incontrovertible realidad de la capital hispanoamericana por excelencia. No he vuelto a leer una fotografía más perfecta y sesuda sobre esa ciudad en la que lo que es mentira por la mañana puede, perfectamente, ser verdad cuando llega la noche. Desde entonces he caído una y otra vez en las redes de Rieff, uno de los intelectuales norteamericanos de mejor fuste y de expresión más preclara. Hijo de Susan Sontag, discutido premio Príncipe de Asturias de las Letras, tiene la virtud de parecerse poco a su madre en sectarismo y amargura y, sin embargo, la suerte de haber heredado el gusto por el trabajo y el método de análisis de la desaparecida intelectual norteamericana. Rieff, reportero del New York Times Magazine, acaba de escribir un libro breve e intenso sobre la pasión por el pasado y su influencia maléfica sobre la historia más nacionalista. Confiesa Rieff que en las colinas de Bosnia aprendió a detestar -y sobre todo a temer- la memoria histórica colectiva. Es enormemente sencillo revisar y reescribir dicha memoria y situarla cerca del mito, antes que hacerlo de la propia historia, deformando y reconstruyendo el pasado de tal manera que pueda enfurecer y alborotar una comunidad a favor de la cultura del agravio y resentimiento. Se trata de crear una proximidad psicológica antes que favorecer precisión histórica. Se trata del nacionalismo. una emoción que a lo único que lleva es al amor propio y a no reconocer que las naciones no son eternas, que tuvieron un principio y tendrán su fin, y a constatar que siempre eligen el mito -decía Renan- por encima de la historia.

Es evidente que la historia y la memoria son cosas distintas. Sostiene Rieff que la ingeniería de tradiciones y el modelo de nación como comunidad imaginaria hacen que la memoria colectiva no sea ni lo uno ni lo otro y que como tal, como memoria histórica colectiva, ello conduzca con demasiada frecuencia a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación y a la resolución de vengarse en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón.

En la España más actual, la que recorre el agitado siglo XX y la que llega a los albores del XXI, se hace especialmente cierto que la memoria es un arma arrojadiza con la que lesionar los cimientos de los nuevos tiempos. En nombre de la misma se ha cercenado mucho intento de regeneración social y política nacida en el seno de la Transición española. La rememoración no solo se fortalece con las penas, pero sí se sustenta en el sentimiento de victimismo. Volvemos a Renan cuando afirma que no hay nada más socialmente incontrolable y más peligroso políticamente que un pueblo que se tiene a sí mismo por víctima. Es cierto que, en la mente de sus perpetradores, todo gran crimen cometido en el siglo XX ha sido un acto de legítima defensa. No sostiene Rieff que lo mejor sea prescribir un alzhéimer moral, ya que estar desprovisto de memoria es estar desprovisto de un mundo y sería absurdo imaginar que la memoria será alguna vez otra cosa que un acto social. Ni siquiera mantiene que no haya que rendir memoria a los propios muertos, ya que sería un empobrecimiento moral y psicológico de proporciones trágicas. Afirma que la conmemoración es un riesgo político, incluso la de aquellos hechos que son ciertos, no simple leyenda barata. al olvidar, en verdad, se comete una injusticia con el pasado, pero ello no implica que al recordar no se cometa una injusticia con el presente, condenándonos a sentir el dolor de nuestras heridas históricas y la amargura de nuestros resentimientos mucho más allá del extremo en el que debimos dejarlos atrás.

Un libro breve pero intenso (Contra la memoria, Editorial Debate, 2012) que hará las delicias de los buscadores de perlas. Y, además, habla de Garzón, como no podría ser de otra manera.