¿Qué hemos aprendido de la Unión Europea?

No es que no me guste; normalmente es que no me apetece. Hay gente que se pasa la vida hablando todo el rato de sí mismos en lugar de limitarse a relatar lo que les pasa a los demás. ¿Está probado? , acabo interrumpiendo a los que no se cansan de hablar de uno mismo. ¿Qué dice este? , contestan. Ni se les ocurre que, por decirlo, ellos también debieran probarlo.

Pero esta vez voy a hacer una excepción; no sé por qué, pero no importa. Por lo menos lo que voy a divulgar está probado. El expresidente del Gobierno Adolfo Suárez quiso que formara parte de su último Gobierno hacia el final de la Transición y llamó por teléfono a lo que era entonces el número privado de nuestra casa en Aravaca. Había figurado en su primer Gobierno democrático como secretario general técnico del Ministerio de Industria, que iba a dirigir el abogado del Estado y gran amigo Alberto Oliart; la idea de mi inclusión no era solo de Alberto, sino también del primer vicepresidente del Gobierno Enrique Fuentes Quintana, economista, porque él estaba convencido estaba probado de que a los industriales españoles les convendría tener en el Ministerio de Industria a alguien no necesariamente implicado en intereses industriales, sino puramente en la consecución del equilibrio económico. En aquel primer Gobierno de la Transición se firmaron los famosos Pactos de la Moncloa, y todo funcionó bastante bien.

Alguien había convencido al presidente del Gobierno Adolfo Suárez de que yo figurara también en el que iba a ser su último Gobierno, justo antes del golpe militar del teniente coronel Tejero. Las conversaciones con la Unión Europea estaban totalmente encalladas y no estaba claro si España podría alcanzar, a pesar del prestigio de haber sabido salir de la dictadura y entrado en la democracia, el objetivo de ingresar también en la Unión Europea.

El que iba a ser vicepresidente del último Gobierno de Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, había sido hasta entonces ministro de Relaciones con Europa y no se cansó de insistir ante el presidente Adolfo Suárez de quien dependían los nombramientos en que quien lo sucediera podía hacerlo con la categoría inferior de secretario de Estado. Nunca entré en el detalle de la cuestión, pero tenían cierto sentido los argumentos de Leopoldo. si el inminente vicepresidente del nuevo Gobierno acababa de desempeñar el cargo de ministro para las relaciones europeas y conocía, por lo tanto, los entresijos de la negociación, ¿para qué necesitaría un ministro para desempeñar estas funciones? Le bastaría con un secretario de Estado, venían a decirle sus asesores.

¿Para qué quería el Gobierno un ministro de Relaciones con la Comunidad Europea si ya tenía un ministro de Exteriores en toda regla? Por dos razones muy sencillas. primera, porque la entrada o salida de Europa era ya tan esencial como es hoy; por ello, la propia Unión Europea exigía al país candidato que su interlocutor tuviera la categoría de ministro. Segundo, lo que yo expliqué a los propios asesores de Suárez y que lo llevaron a este a descolgar el teléfono para llamarme con el siguiente saludo. De acuerdo, ministro .

La negociación con Europa nunca fue sobre el texto aprobado de la Unión Europea, que estaba escrito en la pared. De lo que se trataba era de negociar con las instituciones, los empresarios y los grupos de interés españoles para que asumieran los cambios necesarios de su apertura en el exterior. Se necesitaba un responsable en el Consejo de Ministros no tanto para negociar con Europa como con los españoles. A veces me da miedo que se olviden de ello mis amigos Mariano Rajoy, Cristóbal Montoro, De Guindos, Rubalcaba o medio país.