Dos historias sobre la hipocresía

La ley y las frutas

En el desierto, las frutas eran raras. Dios llamó a uno de sus profetas y le dijo.

-Cada persona solo puede comer una fruta por día.

La costumbre se obedeció durante generaciones, y el ecosistema del lugar fue respetado. Como las frutas restantes daban semillas, otros árboles fueron surgiendo. En poco tiempo, toda aquella región se transformó en un terreno fértil, envidiado por otras ciudades.

Las personas de aquel pueblo, sin embargo, continuaban comiendo una fruta por día, fieles a la recomendación que un antiguo profeta transmitiera a sus ancestros. Además, no permitían que los habitantes de otras aldeas se aprovechasen de la abundante producción que se daba todos los años.

Como resultado, las frutas se pudrían en el suelo.

Dios llamó a un nuevo profeta y le dijo.

-Permíteles que coman las frutas que quieran. Y pídeles que compartan su abundancia con sus vecinos.

El profeta llegó a la ciudad con el nuevo mensaje, pero acabó siendo apedreado, ya que la costumbre estaba arraigada en el corazón y en la mente de cada uno de los habitantes.

Con el tiempo, los jóvenes de la aldea empezaron a cuestionar aquella bárbara costumbre.

Pero, como la tradición de los mayores era intocable, decidieron apartarse de la religión. De esta manera podían comer cuantas frutas quisieran y entregar el resto a los que necesitaban alimento.

En la iglesia local solo quedaron los que se consideraban santos, pero que en realidad eran personas incapaces de percibir que el mundo se transforma y que nosotros debemos transformarnos con él.

El profeta y los tigres

El falso profeta llegó a la aldea y aterrorizó a todo el mundo con amenazas de males que vendrían del bosque. Las personas, asustadas, reunieron una enorme cantidad de dinero y se la entregaron a este hombre con el objetivo de que alejase de ellos aquellos peligros de los que hablaba.

El hombre compró algunos panes viejos y empezó a arrojarlos a trozos alrededor del bosque, recitando palabras incomprensibles. Un muchacho se lo acercó.

-¿Qué está usted haciendo?

-Estoy salvando a tus padres, a tus abuelos y a tus amigos de la amenaza de los tigres.

-¿Tigres? ¡Pero si no hay tigres en este país!

-Gracias a mi magia dijo el falso profeta, que, como puedes ver, funciona siempre.

El muchacho aún quiso replicar alguna cosa, pero los habitantes decidieron expulsarlo de la ciudad, pues estaba estorbando el trabajo de aquel hombre santo.

La reflexión 

Dice el monje benedictino Steindl-Rast.

Por la mañana debemos comportarnos como si fuésemos a cruzar una calle. parar, mirar a los lados y seguir adelante .

Antes de lanzarnos a la actividad frenética del día, primero nos paramos. Esto nos permite reflexionar sobre nuestras prioridades, sobre las actitudes posibles frente a un problema y sobre las decisiones que debemos tomar .

A continuación miramos a los lados. De nada sirve parar si no observamos lo que ocurre a nuestro alrededor. Es necesario entender que, al tomar una decisión, estamos influyendo y siendo influidos por todo lo que sucede en nuestro entorno .

Por último avanzamos. De nada sirve parar y mirar a los lados si no tenemos un objetivo definido. El hecho de actuar es lo que lo justifica todo y lo que nos permite mostrar, a través del trabajo, la inmensa gloria de Dios. Y para que todo eso salga bien, basta con actuar como si estuviéramos cruzando una calle .