Desmontando el progresismo

Edurne Uriarte, periodista, escritora y catedrática de Ciencia Política, acaba de desnudar en un libro carente de ningún tipo de piedad la caverna radical del progresismo. Reconoce que la izquierda ha dominado el debate de ideas de las últimas décadas al haber ganado la batalla de la imagen y al hacer pasar como saludable lo que son auténticos destellos de extremismo ideológico. Desmenuza el comportamiento del discurso intelectual progresista en diversos ámbitos, y para todos tiene mecanismos de desmonte. Frente al terrorismo de ETA, el progresismo -sostiene Uriarte- muestra un fondo de comprensión con las causas que lo provocan y que deberíamos resolver, en lugar de atacar simplemente sus prácticas y a aquellos que lo sustentan, a los que, por cierto, los demócratas estaríamos obligados a integrar. En su praxis por la lucha por la paz, no es inhabitual la trampa eficaz de preguntar cuál es nuestra preferencia, la guerra o la paz, para justificar cualquier tipo de negociación, impidiendo, si es necesario, la opinión de las víctimas por estupefacientes razones de imparcialidad ( si a uno le ponen una bomba, deja de ser imparcial , llegó a escribir Francisco J. Laporta). Como suelen argumentar. con el terrorismo hay que negociar siempre, y antes o después habremos de cuestionar el uso de la fuerza. En el conflicto de Oriente Próximo, el progresista también lo tiene claro. toda la culpa es de los judíos, y si Hamas usa la violencia y el terrorismo, no es más que la otra cara de la moneda del terrorismo de Estado que practica Israel (perla de la arabista Gemma Martín Muñoz). Poco importa que la teoría de las causas no haya sido confirmada por la historia o que situaciones semejantes no hayan dado lugar a respuestas terroristas en todos los casos. el progresismo ha identificado el mal y no le harán abdicar de tamaño hallazgo. Por demás, un buen progresista apoyará a las FARC colombianas y entenderá como mal inevitable a Al Qaeda, a quienes no considerará como una colección de fanáticos, sino como unos exaltados defensores de su cultura impulsados por las injusticias sociales, los cuales usan indiscriminadamente las guerras de guerrillas como ejercicio romántico de la lucha (la palabra guerrilla posee la carga positiva de quien pelea en pos de una utopía contra el poder). En la denuncia contra Estados democráticos que tienen que soportar grupos terroristas como los antedichos, el progresismo siempre contará con los cuentistas de Amnistía Internacional, organización de militantes que han apoyado una y otra vez las falsas denuncias de los terroristas de ETA contra los cuerpos policiales españoles y que no ha sido capaz de elevar ni una sola palabra contra los muertos colaterales de la guerra de Libia, ese conflicto que debe ser considerado una guerra progresista ya que no ha sido declarada por Bush, aunque tenga prácticamente las mismas características que la invasión de Irak. Según los Paul Krugman del mundo, la fuerza militar de Israel contra Hezbolá fortalecía a Hezbolá, pero las bombas aliadas contra Gadafi, en cambio, no fortalecían a Gadafi, sino la democracia y la libertad.

Aborda Uriarte con especial agudeza dos cuestiones referentes a la mujer. el velo y el derecho a ejercer el machismo contra las mujeres de derechas. Para el progresismo más excitable, el velo es un derecho y una libertad individual que vienen a resumir la lucha de una cierta revolución anticapitalista. No deja de ser un trasfondo de miedo y de apuesta ideológica por la creencia del multiculturalismo en el que participa causando perplejidad el propio feminismo socialista, ese que apela a la libertad individual. si usted quiere ser esclavo, ¿por qué no va a poder serlo? Velo sí, pero burka quizá no, aunque sea también un símbolo religioso. La crítica a las líderes femeninas de la derecha es, por parte de todo buen progresista, furiosa. la Thatcher, Esperanza Aguirre o Sarah Palin actúan como hombres y, por lo tanto, son masacrables. Es, pues, un libro que no deja indiferente y que no está escrito para ganar amigos. Es un ejercicio analítico destinado a demostrar que las cavernas más preocupantes de las últimas décadas ideas antiliberales y tolerantes con la violencia están en la izquierda, más concretamente en el llamado progresismo. Aquellos que menosprecian a Edurne por la osadía intolerable de fustigar las contradicciones de la izquierda van a tener en este libro argumentos para el odio eterno.