Teleirrealidad

Según ustedes, ¿qué es lo peor que puede pasarle a una persona? En la galería de horrores posibles se me ocurren muchos tan espantosos como imaginativos, pero, para mí, lo sucedido a Lindy Chamberlain puntúa muy arriba en tan inquietante ranking. Posiblemente hayan oído hablar del caso. Ocurrió en Australia hace unos treinta años. Una noche, la pequeña Azaria -de dos meses de edad- desapareció de la tienda de campaña que compartía con sus padres en el Parque Nacional de Uluru. La madre declaró que pocos días atrás había visto merodeando por los alrededores un dingo, un perro semisalvaje. El dingo es muy querido en ciertas zonas del país y no se lo consideraba peligroso, por lo que pronto desecharon esa pista. Además, la Policía estimó que un perro de estas características en ningún caso podría haber cargado con el peso de un bebé. Al no existir otra explicación plausible, acabaron deteniendo a la madre como autora del crimen y al padre como cómplice. ¿Basándose en qué evidencias? En ninguna, solo con el argumento de que la actitud de Lindy era, según la prensa y por tanto de la opinión pública, demasiado fría para alguien que acababa de perder una hija. A partir de ese momento, el caso se convirtió en un circo mediático; todo el mundo se erigió con derecho a opinar; pasó a escrutarse cada detalle de los acusados, su forma de vestir, sus costumbres, su vida sexual; y a la postre se condenó a Lindy a cadena perpetua y a su marido a dieciocho meses de prisión por encubridor. Cuando ella llevaba ya cuatro años en la cárcel, encontraron, por casualidad, la ropa de Azaria en el territorio de los dingos, lo que permitió a Lindy salir de prisión, aunque no por eso amainaran las sospechas. El país se dividió entre partidarios y detractores de la convicta asesina y la presión fue tan grande que el matrimonio naufragó y Lindy acabó sola y desamparada. Ni siquiera el hecho de que su historia fuera llevada al cine unos años más tarde por Meryl Streep en una superproducción de Hollywood debe de haber sido más que un ínfimo consuelo para lo que tuvo que sufrir esta mujer. Sin embargo, ahora, nada menos que treinta años después de todo aquello y tras haberse producido en Australia no pocos ataques de dingos algunos con resultado de muerte, se ha acabado por exonerar definitivamente a la asesina pidiéndole disculpas por el error.

A mí lo que más me asombra de esta terrible historia es que la razón por la cual condenaron a la señora Chamberlain fue porque, según el tribunal que la juzgó, era demasiado fría y no parecía una madre que ha perdido una hija en trágicas circunstancias. Esto me recuerda, por cierto, al patético espectáculo al que nos tiene acostumbrada la televisión con inefables programas de eso que ha dado en llamarse telerrealidad y que no es más que teleirrealidad o, peor aún, telemanipulación. Desde que existen, para convertirse en un personajillo mediático y ganar un pastizal, basta con acudir a uno de esos programas y gimotear o estallar en sollozos a la mínima provocación. Y es que a tener la lágrima fácil ahora se lo llama ser una persona muy sensible, y soltar dos o tres obviedades y vacuidades como para mí lo importante es la familia o a lo único que aspiro es a ser feliz es considerado síntoma de que estamos ante una persona auténtica. Porque vivimos en un mundo en el que lo único importante es parecer. Lo que uno sea en realidad un farsante, un tontolaba o un perfecto guarango da igual, ya que nadie se toma la molestia de ver más allá de las apariencias. Por supuesto esta dicotomía entre ser y parecer ha existido siempre, pero ahora los medios de comunicación aumentan hasta proporciones grotescas lo epidérmico, lo banal, lo simulado. Yo, que soy una persona poco expresiva en mis sentimientos e incluso me avergüenza exhibirlos en público, me he preguntado estos días cómo hubiera reaccionado en la situación de Lindy Chamberlain. Y me ha aterrado pensar a lo que me expongo por mi incapacidad absoluta de emular uno de esos estomagantes plañideros mediáticos que usan sus lágrimas de cocodrilo para hacer caja.