Elvira

Me llamaron para decirme que había muerto Elvira Fernández de Barrio, que durante años fue mi profesora en el colegio Amor de Dios, allá en mi ciudad levítica. ¡Profesora de gimnasia, nada menos! Debí de ser el peor alumno que pasó por sus manos, o siquiera el más remolón. pues ya de niño yo tenía vocación de gordo; y aquello de saltar el plinto y hacer el pino se me antojaba una agresión insoportable a mi vocación. Así que me tiraba la mitad del curso fingiendo lesiones inexistentes. que si un esguince, que si una torcedura, que si una luxación, que si patatín, que si patatán; y Elvira, que naturalmente no se tragaba mis patrañas y aspavientos, me castigaba en un rincón del gimnasio, donde yo aprovechaba para leer a hurtadillas.

A Elvira le gustaba hacerse la sueca, tal vez porque en verdad parecía sueca, con sus ojos zarcos y su estampa siempre enhiesta, como de guerrera rescatada de alguna mitología nórdica; y me dejaba hacer, lanzándome de vez en cuando una mirada socarrona y condescendiente. Una vez, al acabar la clase de gimnasia, me sugirió que, si en verdad tanto me gustaba la literatura, debía probar a alistarme en el grupo de teatro del colegio, que ella dirigía. Así lo hice, más por el afán de camelarla y evitar el suspenso vitalicio en gimnasia que por verdadera afición al arte dramático; y así fue como floreció entre nosotros una hermosa amistad que iluminaría los años turbulentos de mi adolescencia. Elvira siempre había arrastrado una cierta fama de ‘rara’ entre los alumnos del colegio, tal vez motivada por su soltería y sus hábitos indumentarios un tanto masculinos; pero cuando me alisté en el grupo de teatro que ella dirigía descubrí que esa ‘rareza’ era la de los espíritus sensibles, llenos de pasión por el arte y de una trepidación interna que irradiaba un entusiasmo misterioso entre quienes la rodeaban. Poco a poco, casi sin darme cuenta, la fui convirtiendo en confidente de mis inquietudes literarias, de mis penas de amor, de mis tribulaciones más secretas; poco a poco, casi sin darme cuenta, la fui haciendo mi consejera y maestra. Elvira era a un tiempo realista y ensoñadora. vivía con los pies afirmados en el suelo, pero con la mirada clavada en un horizonte de ilusiones intactas; y esta rara aleación de su carácter se transmitía a cuanto hacía y pensaba, y a cuanto hacíamos y pensábamos sus discípulos. También era, a un mismo tiempo, tímida y resolutiva; o tal vez más exacto fuese decir que había logrado disfrazar su timidez innata con ropajes resolutivos que la hacían parecer dichosamente insensata, como nos suele ocurrir a todos los tímidos. Y, sobre todo, era la mujer menos convencional del mundo, pese a aceptar en apariencia todas las convenciones que el mundo dispone. en ella aprendí que la libertad de espíritu no es una mercancía que se cacarea, sino una posesión íntima, celosamente guardada, que solo se descubre ante quienes lo merecen. Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va .

Del grupo del teatro del colegio Elvira me pasó a otro grupo de teatro aficionado que ella misma dirigía, Tizona, con el que representamos varias obras por los pueblos de Castilla y León. A los ensayos, a veces, Elvira llegaba exhausta, después de una jornada repartida entre el colegio donde seguía dando clase y su trabajo en la Delegación de la Junta; pero enseguida su cansancio se transfiguraba en una suerte de vibración gozosa, juvenil, bohemia, que nos llevaba en andas hasta la medianoche, cuando nuestras voces sonaban con un metal nuevo, como emergidas de un yacimiento que creíamos enterrado para siempre. Solo ella sabía invocar esas voces, con tesón e insistencia; y, al acabar el ensayo, volvíamos a casa exultantes, borrachos de una locuacidad que se derramaba por las calles de la ciudad desierta. A Elvira la dejábamos en el portal de su casa; y siempre, antes de hacer mutis, nos despedía con un ademán irónico de la mano que celebraba nuestra juventud pletórica e invulnerable. Tal vez Elvira no lo supiese, pero aquella sensación de plenitud e invulnerabilidad se la debíamos a ella; y, ahora que esa impresión se ha marchitado, solo logro recuperarla cuando evoco su estampa benefactora. Elvira ha muerto con la misma callada discreción con la que siempre había vivido. Allá en el cielo ya habrá montado una compañía teatral, en la que espero que me reserve un hueco, siquiera como comparsa, para poder seguir haciéndola partícipe de mis tribulaciones más secretas. Descansa en paz, favorita de Talía, consejera y amiga, maestra desvelada y sensible. en el corazón te llevo.