Amalgama de poder

En algún otro artículo anterior hemos señalado que la progresiva concentración de poder en muy pocas manos es uno de los rasgos más característicos de nuestra época; y también que esa descomunal amalgama de poder, a medida que se acrecienta, adquiere resortes de funcionamiento que escapan a cualquier intento de control. Este fenómeno de concentración de poder ocurre, paradójicamente, en una época en que la democracia ha adquirido una expansión casi universal.

Pero ¿qué ha ocurrido entretanto con la llamada ‘voluntad popular’ (o ciudadana, como nuestros gobernantes prefieren decir)? Por un lado, ha sido adormecida, halagada, emborrachada con un enjambre de ‘derechos’ y ‘libertades’ que actúan al modo de sucesivos sobornos; y que, a la vez que satisfacen intereses egoístas y deseos primarios, anestesian la exigencia de bien común y de justicia. Por otro lado, la voluntad popular (o ciudadana, como nuestros gobernantes prefieren decir) ha sido entretenida por una ‘demogresca’ o rifirrafe ideológico constante que se extiende a todas las facetas de la vida (incluso o sobre todo a aquellas que debieran ser ajenas a tal rifirrafe, por constituir el meollo de la supervivencia social) y que mantiene a la sociedad en un estado de creciente irritación, suministrándole además un adversario fantasmagórico sobre el que poder descargar sus frustraciones. Por supuesto, tal adversario fantasmagórico llámese ‘izquierda’ o ‘derecha’ no es sino un artificio creado por la amalgama de poder a la que nos referimos, que para asegurar su dominio necesita desdoblarse en dos ‘negociados’ que, a la vez que compiten en prometer más ‘derechos’ y ‘libertades’, canalizan y azuzan la irritación popular, que de este modo se extenúa en un combate estéril, quedando incapacitada para el combate que verdaderamente importa.

Que tales negociados de derechas e izquierdas no son sino espantajos urdidos por la amalgama de poder lo prueba el hecho de que, aunque aparentemente están enfrentadas en todo, se muestran de acuerdo en lo esencial, que es el mantenimiento de las estructuras que aseguran su dominio. Nuestros partidos políticos, tan aparentemente discutidores en todo, están sin embargo completamente de acuerdo ¡oh sorpresa! en mantener el régimen electoral vigente, el sistema autonómico, la disciplina del euro o las ayudas a la banca. todo aquello, en definitiva, que asegura el fortalecimiento de la amalgama de poder.

Y, mientras tales negociados discuten tenazmente sobre todo aquello que garantiza el desgaste y desfondamiento de las energías populares, la amalgama de poder prosigue implacable sus estrategias, colonizando nuevos ámbitos de poder decisorio sustraídos al control democrático. En las últimas semanas, por ejemplo, hemos sabido que la Unión Europea se regirá por un régimen fiscal único, como ya se rige por un régimen monetario único, oen la práctica por un régimen laboral único que básicamente consiste en ir despojando a los trabajadores de todo tipo de garantías. Y esta amalgama de poder extiende su ramaje por doquier. a la vez que proclama pomposamente la libertad de mercado, favorece su destrucción apoyando la plutocracia; a la vez que proclama pomposamente la libertad de prensa, convierte a los medios de comunicación en patéticos apéndices de los dos negociados arriba mencionados; y así sucesivamente.

Por supuesto, tal amalgama de poder necesita, para alcanzar más plenamente sus objetivos, infundir en las masas cretinizadas el espejismo de una libertad creciente. uno de los medios más satisfactorios para la creación de este espejismo es Internet, donde las masas cretinizadas creen que pueden desarrollar ámbitos de irreductible libertad, a través del llamado ‘periodismo ciudadano’, la organización de redes sociales, etcétera. Pero tales ámbitos de ‘irreductible libertad’ no son sino desaguaderos que la amalgama de poder tolera, como en las dictaduras antañonas se toleraban los casinos, cuyos socios disfrutaban de un ‘derecho al pataleo’ tan gratificante como inútil; y de los que se beneficia cuando le conviene envolver sus maquinaciones en el papel celofán de la voluntad popular, como ocurrió en la llamada ‘primavera árabe’, que los más ilusos confundieron con un movimiento popular espontáneo, alentado por las redes sociales. Y es que la amalgama de poder a la que nos referimos sabe cómo procurar golosinas democráticas a sus marionetas.