Pepe y María José

Hace un par de semanas murió Pepe, mi padrino, después de más de treinta años atado a la silla de ruedas. La última vez que estuvimos juntos me confió con sorna. Debo de ser el tetrapléjico más antiguo de España . Desde luego, se contaría entre los más antiguos; y también entre los que sobrellevaban su infortunio con mayor alegría. No había perdido la curiosidad por el incesante mundo; y en todo lo que hacía y decía había un fondo bienhumorado, de una ironía sin amargura. El resentimiento no tenía hueco en su pecho; y cultivaba sus aficiones con ese esmero delicadísimo del botánico que sale al campo a recolectar hierbas descatalogadas. Movía el brazo derecho con gran dificultad; y con una suerte de puntero que le habían instalado en la muñeca podía golpear las teclas de su ordenador de forma abrumadoramente lenta. Pero había desarrollado tal habilidad que esa lentitud tenía algo de grácil y milagroso; y siempre que lo visitaba me hacía exhibiciones de manejo informático que me dejaban patidifuso. Creo que lo hacía adrede, con íntimo regodeo, sabiendo que su ahijado era un inútil pretecnológico.

En su infortunio, Pepe tal vez haya sido el hombre más afortunado que yo jamás haya conocido; porque era, desde luego, el más amado. y ese amor paciente, abnegado, insomne que había recibido por arrobas lo sintetizaba, allá en las cámaras secretas de su alma, y lo devolvía centuplicado. Lo amaron con denuedo sus padres, que mientras restó un ápice de vigor en sus cuerpos ya ancianos se desvivieron por aliviar sus penurias, antes de dejarlo huérfano; lo amaron con exultación sus hermanos, sus sobrinos y sus primos, siempre congregados en su derredor; lo amaron con algarabía la legión de sus amigos, a quienes contagiaba sus ganas de vivir; y lo amó, sobre todo, su mujer, su compañera fiel durante cuarenta años, María José, una librera de Zamora a la que había conocido cuando ambos eran casi adolescentes; y que, cuando se quedó tullido, se convirtió en su hilo de Ariadna, irradiando luz en medio de la noche, como una lámpara siempre encendida. Si hay un epítome del amor humano en el mundo -amor humano que es reflejo gozoso del amor divino- es el que unió en vida -y el que los unirá por toda la eternidad- a mi padrino Pepe y a María José, a quienes se veía paseando cada tarde por las calles de Zamora, como dos novios perpetuos, o tomando cañas en los bares, o en la oscuridad de las salas de cine (no había cinéfilos más recalcitrantes en toda la ciudad), enaltecidos por ese alborozo propio de quienes estrenan cada día su amor. Muchas veces he tratado de imaginar el dolor aniquilador de aquella joven a la que un día infausto comunicaron que su novio acababa de sufrir un accidente de coche que lo iba a dejar postrado para siempre; muchas veces he tratado de imaginar sus noches desveladas e inhóspitas, en una habitación de hospital, ante el cuerpo roto e inmóvil de Pepe, que apenas acertaría a farfullar ayes lastimeros; muchas veces he tratado de imaginar las mil y una razones que Pepe desplegaría ante ella, recomendándole que iniciara una nueva vida lejos de él, una vida sin servidumbres enojosas ni sacrificios ímprobos, en la que pudiera hallar el amor de otro hombre y fundar una familia. Pero María José no quiso otro amor que el de aquel joven tullido; no quiso otro cuerpo que aquel cuerpo tronchado para siempre, inerte para siempre, cuyas llagas tendría que aprender a lavar y a curar a partir de entonces, cuyas lágrimas tendría que enjugar a partir de entonces, pugnando porque las suyas no asomaran. María José se quedó al lado de Pepe, en el más hermoso epitalamio concebible, y se fundió en una misma carne con él. una carne que ya nunca perdió su ímpetu juvenil, su fervor nupcial, su alegría de darse sin esperar nada a cambio.

Al concluir la misa funeral en la que despedíamos a mi padrino, María José dirigió unas palabras de gratitud a la multitud de familiares y amigos que atestábamos la iglesia. Fueron palabras quebradas por el llanto, pero poseídas de una rara dicha. la dicha de una mujer que se sabía más colmada y fecunda que ninguna otra mujer en el mundo, porque había amado más y había sido más amada que ninguna. Y en la resurrección de la carne, allá en la Jerusalén celeste, será la novia más radiante y envidiada (con la envidia sana de los santos), cuando Pepe, con miembros renacidos y vigorosos, la tome de la mano, la coja en brazos y la lleve en volandas por un verde prado, donde podrán retozar juntos para siempre, con el aliento entrecortado, los corazones latiendo al unísono y las almas vibrantes como luciérnagas.