La vida demorada

Leí el otro día un artículo de la naturalista y escritora norteamericana Diane Ackerman con el que me sentí muy identificada, pues ella, como yo, tiene la costumbre de pasear muy temprano de mañana por un parque. En este caso reflexionaba sobre algo que también me ha llamado la atención, y es el hecho de que, a pesar de que todos los allí presentes se supone que buscamos el contacto con la naturaleza, unos corren enchufados a un reproductor de música, otros miran el paisaje pero solo a través del objetivo de sus cámaras y, por supuesto, todos (incluida servidora) no nos separamos ni un minuto de nuestro teléfono. Argumentaba humorísticamente Ackerman que, hasta el momento, la humanidad ha logrado sobrevivir a todo tipo de plagas, guerras e incluso eras glaciales, pero está por ver si conseguiremos sobrevivir a la avalancha de inputs sensoriales a la que estamos expuestos. Y lo paradójico es que, a pesar de esta sobredosis, vivimos una época de pobreza sensorial porque solo aprehendemos la realidad de forma vicaria en una pantalla o a través de una línea telefónica. Así, por ejemplo, los estudiantes de Medicina rara vez ven un cadáver. Ahora atienden clases virtuales en las que se disecciona un cuerpo por computadora, lo que, desde luego, es más agradable y se ahorra uno olores y sensaciones gore, pero, al mismo tiempo, se pierde contacto con lo carnal, con lo real. Esta falta de conexión con lo tangible nos afecta a todos, cada día. ¿Qué hace uno cuando está ante algo extraordinario, un espectáculo muy bello, un paisaje maravilloso, un momento único? Sacar su teléfono y fotografiarlo y, en vez de vivir el momento, lo congela como una merluza para consumirlo más tarde. Cosa que tampoco hace, a la postre, porque, con la millonada de instantáneas que se toman, estas rara vez adquieren la corporeidad de una foto en papel, sino que las imágenes quedan almacenadas en un PC o en un lápiz de memoria que nadie vuelve a ver. Según los neurólogos, nuestros sentidos sirven de exploradores que recogen información, advertencias de posibles peligros, experiencias. Pero no nos comunican todo lo que recogen, son millones de sensaciones y colapsarían nuestras limitadas entendederas. Lo que hacen es filtrar experiencias para que el cerebro no se vea atascado por tanta información. Así, por ejemplo, cuando uno ha tenido en la mano una pelota solo necesita ver otra pelota para recordar y sentir su redondez. Por supuesto que esto no ocurre si uno nunca llega a tener una pelota en la mano, sino que solo la ve en dos dimensiones. Lo mismo pasa con un árbol, un animal o cualquier otro ser vivo que, además, huele, emite sonidos e incluso tiene sabor. Si uno priva al cerebro de todas estas sensaciones, automáticamente se pierde un caudal enorme de información que, más adelante en la vida, puede ser vital para enfrentarse a una situación. Y esto es más cierto aún en el caso de los niños de ciudad, que más que nunca conocen la vida a través de las diversas pantallas a las que están asomados, la tele, el cine, el teléfono, el ordenador y no digamos la inefable videoconsola. El verano es o al menos era en nuestro tiempo el momento en que los niños tienen más posibilidades de estar en contacto con la naturaleza. Ahora, en cambio, son víctimas de ese baile de San Vito que a todos nos aqueja y obliga a estar permanentemente haciendo cosas. Y son tantas que se aburren como hongos, porque cuando están jugando con el balón se les antojan los patines y cuando se los calzan ya quieren hacer snorkeling, cosa que tampoco hacen, porque es hora de esquiar y así hasta la extenuación. Total, que de vivir la vida de forma vicaria solo a través de una pantalla se pasa a una sobredosis de actividades que, de puro frenéticas, no les da tiempo a apreciarlas. Por eso yo, después de leer el artículo de Ackerman, estoy decidida a convertirme este verano en una abuela reaccionaria. En vez de dejar el bofe detrás de Jaime y de Luis llevándoles de actividad lúdica en actividad lúdica, como mandan los cánones actuales, voy a aparcarlos en el jardín. Los pondré a buscar bichos bola, a trenzar margaritas, a encontrar tréboles de cuatro hojas. Que disfruten de todos esos placeres pequeños y demorados que solo se experimentan cuando uno descubre el mundo por primera vez (y de primera mano).