Manolo y la valkiria

La motora no parece gran cosa -mediano tamaño, bandera noruega-, pero la mujer es espléndida. Desde su modesta menorquina de siete metros, donde junto a la bandera española con el toro ondea la del Betis, nuestro héroe observa la embarcación fondeada cerca, apuntando hacia la playa que resguarda de la brisa de levante. Hay otros barcos, pero ése es el que está más próximo. Ante la cabina de la motora, tumbada en una colchoneta, una diosa vikinga se dora al sol completamente desnuda. Debe de llevar varios días de mar, pues su piel nórdica tiene un bronceado que contrasta con el cabello largo y rubio, muy claro. Su cuerpo no muestra marcas de bikini en las caderas ni en los senos, que son grandes, pesados y oscilantes, y hace un rato dejaron sin aliento a nuestro personaje cuando la mujer caminó por una banda del yate, desenvuelta, impúdica, indiferente, para ir a tumbarse en la proa.

-Ponme bronceador, Manolo.

Con un suspiro, nuestro hombre deja los prismáticos y le extiende a su Maripepa un chorro de Aftersun Skin Vaporub protección 80 por la región dorsal. Medio bote. Después, mientras la legítima se mete en el agua por la escalerilla -chof, hace al sumergirse-, él se limpia las manos pringosas en el bañador -bermudas hasta las rodillas, tripa cervecera y michelines a los flancos-, abre la nevera portátil y saca una Cruzcampo fresquita. Luego coge otra vez los prismáticos.

La rubia también se está dando crema. Pero no compares, piensa nuestro héroe enfocándole las lentes entre las ingles. Depilación total, comprueba. O a lo mejor resulta que ella es así, de natural. La imagina en las tierras brumosas del norte, en algún fiordo de ésos donde ya es de noche a las cuatro de la tarde, aburrida con uno de aquellos pavos rubios y grandes como castillos, incapaces de decirle ojos lindos tienes. Sin otro entretenimiento que follar como conejos. Qué mal repartido está el mundo, piensa. Qué diferencia de costumbres. Y de material. Le haría una foto con el móvil para enseñársela a los amigos en el bar, pero está demasiado lejos. Hoy es uno de esos días, concluye, en que estaría bien ser pirata del Caribe o corsario moruno, incluso desnutrido somalí, para hacerle un abordaje a la valkiria, al estilo de antes, y llevársela como botín de guerra. Por la cara, como en las películas de romanos. O mejor, puesto en plan moderno, ser un millonetis ruso amigo del Putin y de la Putina que lo parió, con yate como el que estaba el otro día fondeado cerca, que parecía un portaaviones. Con ése no habría problemas en ir a un fiordo, calar palangres y llenar los camarotes de rubias así. O de morenas. Y luego, viajes, piscina, baños de espuma, masajes. Lo natural en esos casos.

Chof, chof. La legítima acaba de subir por la escalerilla, chorreando, y el nivel del Mediterráneo, aliviado, baja dos palmos.

-¿Qué miras, Manolo?

-Nada.

-¿No estarías espiando a esa guarra?

-No digas tonterías, mujer.

Hay que irse yendo. Resignado, nuestro héroe deja los prismáticos, enciende el motor, y la consorte, envuelta en una toalla, se va a proa para izar el fondeo. Pop, pop, pop. Despacio, petardeando, la lanchilla recoge cadena mientras Manolo gobierna el timón. Eso lo acerca a la otra embarcación, donde la valkiria, que ha oído el ruido, se incorpora a mirar, con los dos enormes volúmenes morenos, sueltos, gozosamente libres a la vista. El ancla está casi debajo de su motora, y el fondeo se recupera con las lanchas muy cerca una de otra. Al fin, Manolo cae a babor y pasa a tres metros de la vikinga, que de cerca está como para tirarse al agua. Nuestro artista mete tripa, o lo intenta, poniendo cara de lobo de mar. Y entonces, ese pedazo de hembra alza una mano que hace oscilar de modo espléndido su anatomía, saludando, y dirige a Manolo una sonrisa mortal de necesidad. Mientras él, que acaba de encasquetarse la gorra de Chanquete con dos anclas cruzadas, saluda tocándose la visera, impasible, y metiendo todo el timón a una banda, pop, pop, pop, pone rumbo al club náutico.

-Has pasado muy cerca de ese barco -protesta la respectiva-. Imbécil. Casi chocamos.

Una mano en el timón, mirando el mar azul y el horizonte, Manolo relaja la tripa y acaba la cerveza. Luego enciende un pitillo y sonríe para sí mismo con ojos entornados, de aventura. Si tú supieras, piensa. Si tú supieras.