La vida inverosímil

En una coda o epílogo publicado en la segunda edición de su deliciosa -¡y muy inverosímil!- novela El difunto Matías Pascal, bajo el título de Advertencia sobre los escrúpulos de la fantasía, Luigi Pirandello arremete contra los señores críticos que descalifican sus obras, acusándolas de absurdas e inverosímiles, tanto en el desarrollo de los argumentos como en la construcción de los personajes. Y hace algunas observaciones muy penetrantes. La vida, que muestra con desfachatez todos los absurdos, pequeños y grandes, de que felizmente está llena, tiene el inestimable privilegio de poder prescindir de esa estúpida verosimilitud que el arte se cree obligado a respetar. Los absurdos de la vida no necesitan parecer verosímiles porque son verdaderos; al revés que los del arte, que para parecer verdaderos necesitan ser verosímiles. Con lo que, siendo verosímiles, dejan de ser absurdos. Un acontecimiento de la vida puede ser absurdo; una obra de arte, si es tal, no. De lo que se deduce que es una idiotez tachar de absurda e inverosímil, en nombre de la vida, una obra de arte. En nombre del arte, tal vez podamos tacharla; en nombre de la vida, no .

He aquí un problema que a todo escritor atormenta. cuando concibe una historia fantasiosa, debe preocuparse por respetar las leyes de la verosimilitud, en aras de un pretendido realismo; pero lo cierto es que la vida -que es lo más realista que ha parido madre- nunca respeta tales leyes. En su novela El difunto Matías Pascal, Pirandello narra la historia de un hombre estrafalario y un tanto truhán que, tras leer en los periódicos que se le da por muerto, decide inventarse una vida nueva bajo otro nombre; hasta que se cansa de la impostura y decide volver a su pueblo, presentándose como quien realmente es y causando algunos soponcios entre sus paisanos y allegados, sobre todo en su mujer, que a la sazón se ha casado con otro. A los señores críticos esta trama les pareció en exceso rocambolesca e inverosímil; sin embargo, veinte años después de la publicación de su novela, Pirandello incorporaba a la segunda edición la coda que arriba mencionábamos, acompañada de una noticia reciente de periódico en la que se detallaba la peripecia de un hombre que, tras ser dado por muerto, había decidido inventarse una vida nueva bajo otro nombre, hasta que cansado de la impostura regresaba a su pueblo, para sorprender a su mujer casada con otro. ¿Inverosímil conforme a qué, señores críticos?, se solivianta con razón Pirandello.

Pero esta exigencia de verosimilitud que se exige al arte, apelando a la vida (a despecho de la propia vida, que gracias a Dios es gozosamente inverosímil), es un criterio que, cien años después, sigue plenamente establecido. Incluso se ha ideado un departamento o negociado llamado ‘literatura fantástica’ (que a los antiguos jamás se les hubiese pasado por el magín), en el que confinamos todas aquellas obras literarias en las que, según nuestro puritanismo de la verosimilitud, ocurren cosas estupefacientes, o absurdas, o portentosas, o divinas, o demoniacas, o como queramos llamarlas (cosas, en fin, ver-da-de-ras); pero cosas que fatuamente reputamos ‘inverosímiles’, aunque acontezcan cada día muy tranquilamente en la vida, sin necesidad de justificaciones ni cálculos, simplemente porque a la vida se le antoja. ¿Y cómo es que los hombres somos tan imbéciles de no conceder, mientras leemos un libro, nuestra credulidad a cosas que en la vida acaecen con la simpleza con que uno respira o se tira un pedo? Pues por culpa del aciago idealismo, aquella doctrina filosófica que no cree en la realidad de las cosas, sino que entiende que tal realidad es una mera proyección de nuestra conciencia; y como nuestra conciencia es de suyo menguada y un poco eunucoide, aferrados a ella damos en la extraña manía de negar las cosas más ciertas y constatables, empezando por los milagros. Pues, como cualquier persona realista sabe, la vida es un puro milagro; y, cada vez que sale a pasear en bicicleta, pedalea y milagrea sin descanso.

Chesterton señalaba en cierta ocasión que los hombres han dejado de creer en los milagros porque han querido constreñir la pululante, pluriforme e insensata vida en el corsé de unas ideas preconcebidas (precocinadas, además, por tipos de aplastante angostura mental), a las cuales tratamos por todos los medios de sojuzgar los milagros que se despliegan a nuestro derredor. Sí, la vida es inverosímil, loado sea el cielo; y el arte que acata la condena de la verosimilitud es arte sin milagro; esto es, arte muerto. Menos mal que siempre nos quedará la literatura fantástica.