La agonía de la crematistica

En su Política, Aristóteles definía la economía como la administración razonable de los bienes que se necesitan para la propia vida ; y, frente a la ciencia de la economía, situaba la crematística, que es el arte de enriquecerse sin límites . La ‘crematística’ es perversión de la economía, mediante la conversión del dinero en un ídolo de iniquidad que se hace crecer exponencialmente, desligado de la economía real, hasta anegarnos en una niebla de las finanzas de naturaleza inmaterial,  meramente nominal, que vaga fantasmagóricamente por los terminales informáticos y se multiplica y desvanece con la misma facilidad con la que los conejos aparecen y desaparecen en la chistera de un prestidigitador.

La crisis que ahora no es otra cosa sino la agonía de la crematística; que, por supuesto, está dispuesta a morir matando. Nos dijeron que habíamos ingresado en la era del crecimiento perpetuo y la expansión continua, donde los árboles financieros crecerían hasta rozar las estrellas, como aquella torre de Babel que mandó construir el soberbio Nemrod. Se excitó en la pobre gente engañada el deseo -concupiscencia- de bienes innecesarios para la propia vida; y la pobre gente engañada dio en consumir y empeñarse ilimitadamente, a la vez que los bancos empezaban a ‘fabricar’ taumatúrgicamente dinero que no existía y los llamados mercados financieros se hinchaban artificialmente por arte de birlibirloque, hasta multiplicar por cinco, por diez, por cien, la riqueza natural de las naciones. Ahora contemplamos los efectos de aquella hinchazón artificial. lo que Pío XI llamó en su encíclica Quadragesimo Anno el imperialismo internacional del dinero , esa nueva Babilonia que embriagó con el vino de su prostitución a los reyes de la tierra y enriqueció con el poder de su opulencia a los mercaderes, se ha convertido -permítasenos rescatar el lenguaje del visionario de Patmos- en morada de demonios, guarida de todo espíritu inmundo y en albergue de toda ave abominable ; o, traduciendo la expresión del Apocalipsis a la jerga económica, en morada del pánico bursátil, guarida de la quiebra bancaria y albergue de la deuda insostenible.

Pero el imperialismo internacional del dinero, a la vez que agoniza, quiere seguir embaucando con sus brujerías a todas las naciones ; y para ello no vacila en seguir saqueando la economía real, mediante todo tipo de despojos y recortes. De este modo, nos dicen, se tranquilizarán los mercados financieros; pero vemos que ocurre exactamente lo contrario. a medida que tales despojos y recortes se suceden, los mercados financieros no hacen sino excitarse y enardecerse, como los vampiros ante el olor de la sangre. Al afán de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición de poderío. los mercados financieros saben que pueden convertir a nuestros gobernantes en peleles a su servicio, en tristes publicanos dedicados a la exacción y la rapiña de la economía real, con tal de evitar su enfado. Así los Estados, que deberían ocupar el elevado puesto de rector y supremo árbitro de las cosas, se han rebajado a la condición de lacayos del imperialismo internacional del dinero, entregados y vendidos al capricho y la codicia de especuladores desenfrenados, como profetizara hace casi un siglo Pío XI. Y, mientras los Estados zozobran, ahogados entre deudas mastodónticas que nunca podrán pagar, el desempleo alcanza cifras de congoja, como inevitablemente ocurre cuando la actividad económica se somete a la voracidad de los mercados financieros.

Nos hallamos, en fin, ante una verdadera estructura de pecado que corroe los cimientos del sistema y se extiende por todos sus miembros. Y una ‘estructura de pecado’ solo se vence mediante una conversión radical, mediante una metanoia o cambio de mente pleno. de esta plaga solo saldremos sometiendo a una rigurosísima dieta al fantasma financiero que hemos engordado y reactivando la economía natural que se funda en el trabajo y en la producción y comercio honesto de bienes. Aquí es donde hay que ‘inyectar dinero’, si es que aún resta alguno; pero los reyes de la tierra están haciendo exactamente lo contrario.

En el pasaje apocalíptico de la caída de Babilonia leemos. Pueblo mío, salid de ella, para que no os hagáis cómplices de sus pecados, y para que no os alcancen sus plagas . Pero ¿seremos capaces de abandonar la Babilonia en ruinas del capitalismo financiero? ¿Seremos capaces de construir una economía al servicio del hombre, que reniegue de las prácticas babilónicas que la han llevado al desastre?