¿En qué nos hemos equivocado?

Los lectores preguntan a Eduardo Punset. Pregunta de Marcela García G. (Madrid)

Es curioso. Siempre dije que algo mal o regular se hizo durante la transición a la democracia; que algunas de las cosas que se hicieron mal o dejaron de hacerse, simplemente, se aplazaron porque ya no cabían en el plato. Muchas de ellas se dejaron para resolverlas más tarde, cuando hubiera tiempo, sin percatarse de que la clase política se acostumbraría a las cosas a medio hacer que tanto le convenían. De vez en cuando, como es el caso ahora, se sienten los efectos adversos de aquellos trompicones.

¿Cuáles fueron aquellas contadas pero trascendentales equivocaciones? En primer lugar se creó un sistema de representación de listas cerradas que daba todo el poder a los partidos políticos -que no contaban ni con el saber acumulado en otros países ni con su experiencia-. Se consiguió así conceder el poder de decisión necesario para que los inexistentes partidos democráticos no fueran cuestionados.

Hubo otros errores no menos estrafalarios cuyas consecuencias se pagan hoy día. En un país machista y trasnochado apenas se hizo algo pensando en el papel futuro de la mujer en la sociedad española. Se ha comprobado que hasta un 60 por ciento de los desocupados son mujeres de más de 44 años. Vivimos en sociedades que solo oficialmente han resuelto el problema de la incorporación social de la mujer en la sociedad. Ni en el estudio, ni desde luego en el ámbito laboral ni, por supuesto, en el político apenas se ha empezado a abordar este problema. las leyes prevén igualdad de trato social, pero la práctica cotidiana niega cada uno de esos postulados.

En el ámbito educativo se imponen urbi et orbi los compromisos sociales; en el trabajo, la ausencia de mentes femeninas en los cargos de responsabilidad corporativa sigue siendo un clamor generalizado; la responsabilidad de cuidar del mantenimiento de los niños sigue petrificada en las madres jóvenes, solo ayudadas, tangencialmente, por las recientes guarderías infantiles. Por último, la población femenina que ha querido probar fortuna en el cumplimiento de sus obligaciones cívicas, participando en la vida política, sufre en sus carnes la carga añadida de esa responsabilidad.

¿Qué más se hizo mal, muy mal, y seguimos pagando las consecuencias? No voy a hablar de la organización territorial ni de las comunidades autónomas y su relación con el Estado. Lo peor de todo, el descuido mayor y más engorroso, el que entraña más sufrimiento, es la poca atención que se dio a la soledad y la tristeza, al estrés soportado amargamente y sin ayuda por un 10 por ciento de la población y las incontables discapacidades sociales frente a las que ni se han buscado las respuestas científicas disponibles ni los recursos necesarios. Lo fácil era gastar el dinero en autopistas, en pisos, en grúas y en coches, en deformar la costa sin plantearse nunca si el turismo y la agricultura seguirían configurando el futuro de este país. Hemos seguido sin pestañear las instrucciones de los que preferían gastar en lo que era visible, sólido, seguro y grande. Nadie se acordó de que casi la mitad de la población está triste, o estresada, solitaria o discapacitada, en gran parte, por un aumento desconsiderado de las enfermedades mentales.

Justamente ahora se está descubriendo que la experiencia individual puede alterar para bien la estructura cerebral con poco dinero. ¿Alguien ha reparado en el experimento efectuado con dos grupos de ratones distintos? A los unos sus madres no paraban de lamerlos, y a los otros, ni caso. Los primeros vivían más y eran más felices. Se acaba de descubrir que una intervención molecular adecuada y a tiempo abre las ventanas para que las terapias utilizadas sean más exitosas y baratas que las aplicadas corrientemente. ¿Alguien se ha ocupado de lo que es mejor para la gente sumida en la soledad?