¿Que haría yo?

He seguido con horror el caso de José Bretón, ese individuo que, presuntamente, por venganza hacia su mujer, que quería abandonarlo, mató y quemó a sus propios hijos. Se ha escrito ya mucho sobre el error policial de confundir huesos humanos con huesos de animales; sobre la monstruosidad de un padre no solo capaz de matar a criaturas de dos y seis años, sino de presenciar luego cómo se queman sus cuerpos; sobre el modo en que presunta, siempre presuntamente lo planeó y ejecutó todo con absoluta sangre fría a sabiendas de que sin cadáver no hay asesinato. Se especula y se especulará mucho sobre su falta de sentimientos y sobre su personalidad, tan narcisista, que hace que coleccione y clasifique todo lo que se publica mientras intenta que su ex vaya a verlo a la cárcel para discutir el caso . No me interesa, por tanto, hablar de lo que ya está dicho ni profundizar en la psicología de alguien supuestamente capaz del peor crimen que un ser humano pueda cometer. Creo que, si por fin es hallado culpable, merece pudrirse en la cárcel y tardar, además, muchos años en hacerlo, de modo que el espíritu de esos niños tan inocentes como desdichados le impida dormir ni una sola de sus miserables noches. Lo que me interesa hoy es poner el foco en otros personajes secundarios del drama opacados por la personalidad del actor protagonista. Leo en la prensa que la abogada de la madre de los niños ha pedido que se impute a tres familiares de Bretón. La acusación se dirige contra los padres de José y también contra su hermano. Siempre según la letrada, estos familiares no participaron en los hechos, pero han mentido para proteger al acusado. Miro la foto de esos familiares y me estremece ver sus rostros. No porque ellos también parezcan culpables de crimen tan atroz, sino porque la genética es así de implacable. Ahí está para quien quiera verla, la misma mirada de soslayo, la misma media sonrisa entre confundida y desafiante. Dicen que allá en Córdoba los llaman los malditos Bretones y que apenas pueden pisar la calle. El hermano está de baja por depresión y los padres solo salen para hacer la compra. Tarea nada grata, porque tienen la casa tapizada de grafitis y la gente los insulta por la calle. Les gritan de todo. Desde asesinos al completo repertorio de epítetos denigrantes que nuestra lengua reserva a los más odiados. Yo, en cambio, miro sus caras, tan parecidas a la de José Bretón, y me pregunto ¿qué pensarán?, ¿cómo estarán viviendo esta situación? Porque, aunque nada hayan tenido que ver con los hechos, es evidente que han decidido cerrar filas en torno a José. Nosotros, los ciudadanos de bien, nos sentimos muy cómodos en nuestra posición de observadores y jueces del horror ajeno. Son unos miserables, decimos; merecen todo lo que les pasa y nuestro mayor desprecio. Y, sin embargo, la situación de estas personas tiene todos los ingredientes de una tragedia griega o de una obra de Shakespeare. En la literatura tan autocomplaciente y balsámica que ahora gusta, jamás triunfaría una historia así. El lector prefiere que estén bien definidos los papeles, que los buenos sean muy buenos y los malos muy malos para quedarse contento y pensar que las cosas son simples y que dos y dos son siempre cuatro. La vida y las grandes obras de la literatura, en cambio, están hechas de la sustancia de esta terrible historia de los Bretones. Es fácil insultar o hacer el vacío a los allegados de quien supuestamente ha cometido un delito. Pero ¿qué partido toma uno cuando se da cuenta de que su hermano quizá sea autor de un crimen atroz? ¿Qué hace una madre rota entre la disyuntiva de proteger a un hijo o hacer justicia a sus nietos? ¿Cómo actúa un padre al sospechar que su finca puede haber servido de crematorio para unas criaturas de su propia sangre? Nadie está obligado a declarar en contra de un esposo, un hijo o un hermano, pero ahora viene una pregunta incómoda. ¿qué haría usted? ¿Qué haría yo? Se me ocurren muy pocas pesadillas peores.