Murillo, Justino y Abengoa

Si usted se deja caer por el barrio de Santa Cruz de Sevilla se dará de bruces, antes o después, con el hospital de los Venerables, en la plaza de su mismo nombre. De ocurrir tal circunstancia, es más que probable que sienta la tentación de visitarlo y, de ser así, lo conmino a que lo haga. Es un bello paseo por el espléndido pasado arquitectónico de Sevilla y una fuente de incuestionable placer cultural gracias al fondo artístico que gestiona la admirable Fundación Focus Abengoa. Valdés Leal, Pedro Roldán, Velázquez, Murillo salen a su paso tras cualquier recodo y uno puede hacerse una idea de la coquetería y grandiosidad del barroco sevillano. Por demás, en la misma plaza pueden gozar de un par de rincones del yantar dignos de una visita pausada. Casa Román y su jamón de primera y la Hostería del Laurel – en ella estáis, caballero – y la insuperable tortilla de patatas hecha al momento que bate cualquier registro conocido.

El hospital de los Venerables fue obra impulsada por Justino de Neve, canónigo sevillano del siglo XVII que trató de evitar las penurias de los sacerdotes mendicantes de la época dándoles acogida en tal institución. Fue pues, en su origen, una fundación de caridad que acabó derivando en una lenta decadencia y dejadez muy al uso de diversos establecimientos de las Españas. Focus Abengoa se empleó a fondo y dejó la casa como una patena después de una restauración ejemplar. Allí estableció la sede de su fundación y bajo ese techo promociona actividades culturales de primer orden en ámbitos diversos que van de la música a la pintura.

Justino de Neve unía a su condición de canónigo adinerado la de mecenas de diversas figuras artísticas de la época. Dándose la circunstancia de ser vecino de Bartolomé Esteban Murillo, trabó amistad con este. Murillo era ya una referencia en la pintura española y había vuelto de su fructífera estancia en el Madrid de la Corte bajo las enseñanzas de su maestro Velázquez. El arte religioso era su fuerte y llevaba pintadas algunas de las más de veinte Inmaculadas que dejó plasmadas a lo largo de su vida (dos siglos antes del Dogma, por cierto). De Neve fue su gran mecenas en ese su periodo tardío, fecundo y espectacular. le encargó obras extraordinarias y propició la Inmaculada que el mangante del mariscal Soult -gran admirador de Murillo- se llevó a Francia durante la invasión francesa. También confeccionó las obras que, pintadas para la iglesia de Santa María la Blanca, acabaron en el Prado, siempre después de pasar por el expolio de París (Santa María la Blanca, que fue sinagoga y mezquita, hoy bajo la lenta reforma a la que obliga la penuria, es un templo desmesuradamente atractivo). El profesor y amigo Teodoro Falcón explica muy bien ese pasaje en uno de sus trabajos. Justino de Neve fue amigo, albacea testamentario del pintor y acabó poseyendo no pocas obras creadas bajo su encargo. Al morir el canónigo -enterrado en el trascoro de la catedral-, su obra se dispersó casi en almoneda.

Ahora, tras su paso este verano por el Museo del Prado, se reúnen diecisiete pinturas esenciales de Murillo nacidas de su relación con De Neve mediante el arte de la amistad y cinco de ellas restauradas para esta exposición. Se podrá ver desde esta semana y durante tres meses en el magnífico escenario de los Venerables, merced a la gestión de Focus Abengoa. Las obras han venido desde Londres, el Louvre, museos de Boston, Budapest, Edimburgo y alguna que otra colección particular. Todo lo que hace referencia a Velázquez o a Murillo convoca un interés desmesurado, y es lógico que así sea. En este caso, las dificultades para movilizar tantas obras desde tantos lugares hace más admirable el trabajo realizado.

El otoño sevillano, tan amable siempre, es un complemento más para acercarse -aquellos que no lo hicieron cuando se mostró en el Prado- a una cita que promete ser inolvidable.