Rapacidad

Enseñoread la tierra , es el mandato divino dirigido a los hombres al principio del Génesis. Pero el rasgo primero del señor es la magnanimidad y el cuidado amoroso de las posesiones que le han sido confiadas; y lo que los hombres hemos hecho con la creación no es propio de señores, sino de la chusma entregada al saqueo. La codicia de los hombres ha infligido heridas sin cuento a la creación; heridas que claman al cielo, demandando un castigo que tal vez ya estemos empezando a recibir, aunque desde luego no atisbemos todavía su magnitud. Entre las heridas más ensañadas y graves se cuenta la causada por la llamada especulación inmobiliaria, que a simple vista parece consecuencia de una turbia alianza entre políticos corruptos y empresarios sin escrúpulos; pero tal alianza no habría sido posible, o simplemente se habría quedado en agua de borrajas, si no la hubiese sostenido la rapacidad de miles, cientos de miles, millones de personas deseosas de incrementar su patrimonio acumulando tesoros en la tierra. En el pecado llevamos la penitencia.

Paseando el otro día con mi mujer por las afueras de Sigüenza, uno de los lugares más hermosos de esta España herida por la rapacidad de los hombres, nos adentramos en un ameno bosque de pinos donde se esponjaba el alma. Cuando ya nos disponíamos a regresar a la ciudad, vislumbramos, en lo alto de una loma, una singular construcción que, en la distancia, tomamos por un cuartel abandonado o un convento que se hubiese quedado desierto, con el virus de la secularización. Decidimos alargar nuestro paseo hasta allí; nos sorprendió, de repente, una carretera nueva, como un abrupto vómito de asfalto, que trepaba por el monte, conduciéndonos directamente hasta la construcción de marras. Seguíamos sin explicarnos la naturaleza de aquellas edificaciones imponentes; una desolación funeral envolvía el lugar, que más bien parecía un pueblo en el que se hubiese decretado la peste. En una valla descubrimos, borroneado por las lluvias, un cartel promocional de una empresa inmobiliaria. Las Casas de la Lastra era el nombre de aquella urbanización fantasmal, de ínfulas pudientes, en la que apenas media docena de casas estaban habitadas. El resto, que ni siquiera habían sido estrenadas, mostraban signos evidentes de depauperación. los abrojos crecían en los hipotéticos jardines; el enlucido de las fachadas se había descascarillado; y por doquier se descubría la pésima índole de los materiales empleados. las baldosas de patios y escaleras se abombaban y cuarteaban y dejaban crecer las malezas entre las junturas; el cemento de las paredes se había agrietado y caído a pedazos, dejando a la intemperie muros de ladrillos que ya empezaban a desmigajarse. Mi mujer y yo caminamos por la urbanización fantasmal como por un cuadro de De Chirico o como por el decorado de una pesadilla; allá donde poníamos los ojos, la muerte pregonaba su victoria. Nos asomamos a algunas de las viviendas, que habían sido rematadas de forma chapucera; y cuyas paredes estaban corroídas por la humedad, que extendía su mancha como un mapamundi caprichoso y devorador. Durante casi una hora deambulamos por aquella geografía desquiciante, azotada por el viento, hasta que una mujer que salió de una de las escasas viviendas habitadas nos contó la historia -pavorosa historia- del lugar, concebido como una urbanización de lujo -pero de un lujo postizo, como delataba la pésima índole de los materiales empleados-, cuyos constructores habían tomado las de Villadiego, afectados por una quiebra, antes de que concluyeron las obras. La mujer nos contó que habían sido proyectadas piscinas, pistas de pádel y otras atracciones pijas que nunca habían llegado a construirse; pero se esforzaba en cantar las loas del lugar, tal vez para espantar la tentación de cortarse las venas. Porque el lugar, que se había pretendido paradisiaco, era en verdad hórrido, un no-lugar devorado por la nada.

Imaginé los chanchullos innombrables que se habrían tramado para erigir aquella urbanización fantasmal que injuriaba de modo tan estragador y presuntuoso la belleza del paisaje. Cuando mi mujer y yo volvíamos a Sigüenza, con el alma en los zancajos, por la carretera como un abrupto vómito de asfalto, atisbamos entre la espesura un ciervo que nos miraba con abrumada, absorta, irremisible pena. en aquella tristeza cerval se condensaba la tristeza de una creación esquilmada por la rapacidad de los hombres. Somos chusma, una puta chusma entregada al saqueo; y no nos vamos a ir de rositas, como hay Dios que no nos vamos a ir de rositas.