El ‘boom’ de las sevillanas

El Ayuntamiento de Sevilla ha querido celebrar recientemente los veinte años cumplidos de la clausura de la Expo 92. Aquello significó mucho para la ciudad, digan lo que digan todos los agoreros que, en nómina, parecen empeñados en lamentar cada uno de los pasajes históricos por los que ha transcurrido el devenir de la capital de Andalucía. La Expo supuso un salto adelante, y, como en todo salto, se dejan atrás cosas buenas y esencias elementales de las ciudades; el balance final, no obstante, es claramente positivo, se mire por donde se mire. Una exposición que vio exhibir su talento a gente como Plácido Domingo, Baremboim, Muti o Teresa Berganza merecía, dicen, una celebración de más altura, que no un concierto de sevillanas, dicho así con cierta dejadez. Bien, todo es discutible y yo no soy el defensor oficial de esta corporación, pero será bueno atender a algunas consideraciones. La primera de ellas hace referencia a las arcas municipales, que están literalmente secas, y la segunda a la significación del cante y baile por sevillanas y su periplo por los tiempos. A mediados del XIX ya toda Sevilla cantaba y bailaba en fiestas y reuniones aquella evolución seguidillera que resultaba tan entretenida y alegre y que, con los años, derivó en un género musical mediante el cual se expresaron bellos momentos costumbristas, sociales o de amor puro y duro. Se convirtió en el único cante local o regional sobre el que se experimentaban evoluciones y competía en listas de éxitos con otros estilos musicales. Nombres como el de los Hermanos Reyes o el de Paco Palacios El Pali se hicieron clásicos siendo jóvenes y sus piezas se añadieron a la tradición y cultura de la ciudad -y no solo de la ciudad, evidentemente-, siendo sus coplas memoria popular desde el mismo momento de su creación. En la segunda mitad del XX, conviviendo con los anteriores, era habitual esperar con curiosidad a los éxitos que publicaba la casa Hispavox y que cantaban Amigos de Gines, Romeros de la Puebla y Los Marismeños, y, entrando el final del siglo, atender a nuevos creadores que rompieron los sonidos habituales y dotaron a las sevillanas de nuevos espacios de creación. músicos como Jesús Gluck o Manuel Marvizón, entre otros, hicieron virtuosismo desde la pureza y talentos como el de Pascual González, con sus incomparables Cantores de Híspalis, o José Manuel Évora y las voces sublimes de Salmarina acabaron de removerlo todo desde una desbordante capacidad de imaginación y belleza. Así llegó el boom de las sevillanas. Todas las radios programaban sevillanas allá por el año 88; en discotecas pijas como el UP and Down de Barcelona se dedicaban noches enteras a la semana a que los esforzados aficionados bailasen lo que habían aprendido en las muchas academias que proliferaban por doquier. Hubo un momento en Madrid, qué decir, que no parecías alguien si no sabías bailar bien los cuatro palos. En la capital de España brotaban como setas las salas rocieras, y los muchos grupos y solistas que iban surgiendo -unos mejores que otros- tenían trabajo asegurado durante meses. Los excelentes Albahaca podían llevarse medio año cantando cada noche en Faralaes o en cualquiera de los garitos de moda. Y así llegó el gran récord de ventas. Rafael González Serna escribió para una muy joven artista llamada María del Monte la sevillana de oro. Cántame. La pieza fue absoluto número uno en todas las listas, dándose el caso de que la del año siguiente –Besaba la Luna– la sustituyó y la dejó en el número dos, para desesperación de rockeros e intensos, que no daban crédito. Se llegaron a publicar cerca de doscientos discos de sevillanas por año. Y de la misma forma que se produjo el auge se produjo la caída. A partir del 92, como si un hartazgo masivo hubiera acabado con todo, desaparecieron literalmente. No es que volvieran al punto de partida, a la normalidad, no. el negocio murió de infarto y muchos de los buenos artistas que habían surgido al calor del boom no lograron perpetuar sus éxitos.

Por ello sostengo que no parece malo que desde las instituciones, mirando el euro al milímetro, se le pegue un empujón al género. Los autores, los músicos, los intérpretes siguen estando ahí. Y los seguidores también. Habrá que ponerse a trabajar.