Miopía

La miopía, como los sacramentos más indelebles, imprime carácter. Recuerdo, con la nostalgia de quien evoca un paraíso ya abolido, que durante los meses que precedieron a mi incorporación al gremio de los gafotas ligué más que nunca. Para disimular sus carencias visuales, el miope adopta una forma de mirar ensoñadora y divagatoria que le añade misterio y le hace aparecer ante los demás como alguien que esconde indescifrables misterios. En realidad, esta forma de mirar tan solo constituye un mecanismo de defensa contra el borroso mundo circundante, pero las chicas de mi clase la interpretaban como si fuese un mecanismo de seducción. Para alguien como yo, más bien feúcho y atolondrado, que mantenía en blanco su lista de proezas amorosas, aquella novedad significó algo así como la metamorfosis del patito feo en cisne. Bastaba con que una chica se sintiese escudriñada por mí o destinataria de mis guiños furtivos (que, por supuesto, carecían de intención libidinosa y solo pretendían hacer algo más nítidos los contornos de mis interlocutores) para que se rindiese a mis recién adquiridos encantos.

Aquel paréntesis de donjuanismo concluiría pronto, sin embargo. En clase tenía que sentarme en los pupitres delanteros, pero aun así no lograba descifrar las inscripciones del encerado, que se convertían en una ininteligible y amorfa sucesión de signos jeroglíficos. Las monjitas se chivaron a mis padres, que no tardaron en llevarme al oculista. Me encasquetaron unas gafas horrorosas de pera con lentes correctoras que achicaron mis ojos, y ahí concluyó mi carrera de seductor. Las gafas, además, me convirtieron en un minusválido que hubo de renunciar a las efusiones propias de patio de colegio, tanto a los partidos de fútbol como a las peleas cochineras que, a falta de árbitro, utilizábamos para dirimir las jugadas más controvertidas. Si hasta aquel momento no había sido mal rematador de cabeza, y tampoco me había quedado a la zaga como repartidor de mojicones y patadas en la espinilla, la incorporación de las gafas a mi fisonomía me incapacitó para tan amenos quehaceres. Un gafotas siempre lleva las de perder en estos tumultos.

Creo que fue esta vulnerabilidad, sumada a mi recién recuperada inoperancia en el galanteo, lo que me atrincheró en los solitarios parajes de la lectura. Hasta que la miopía se instaló en mis retinas, había sido un muchacho medianamente requerido por la letra impresa, pero el sometimiento a las gafas me convirtió en un lector omnívoro y desaforado. Puede, incluso, que mi vocación de escritor naciera de esta deficiencia visual. Como mi condición de cuatrojos me impedía participar en los juegos y rifirrafes cavernícolas de la adolescencia, me refugié en los libros, e incluso desarrollé una estrafalaria teoría, según la cual inteligencia y miopía estaban vinculadas genéticamente. Este consuelo no me resarcía, desde luego, de las cotidianas humillaciones que tenía que soportar, pero al menos me ayudaba a vivir, como quien cultiva en secreto una venganza. Por las noches, antes de que el sueño descendiera sobre mis párpados, jugaba a figurarme que yo era algo así como la reencarnación de Clark Kent, y que mis horrendas y execrables gafas eran el antifaz que ocultaba a Supermán. En aquellas horas bautizadas por los devaneos más fantasiosos, pensaba que el Prada tímido y retraído, huraño y torpón, tristemente miope y condenado al celibato, ocultaba al Prada heroico y hercúleo que sobrevolaba la prosaica realidad y mantenía idilios con sus chicas predilectas en la estratosfera, seduciéndolas con su mirada de introvertido seductor. Pero a la mañana siguiente había que volver a disfrazarse de Clark Kent, cargar con el sambenito de cuatrojos y resignarse a la soledad elocuente de los libros.

La miopía fue durante mi adolescencia una rigurosa escuela de postergaciones; pero gracias a ella fui labrándome esa imagen de chico hosco y patoso, erudito en disciplinas inverosímiles y un poco repelente, que ha llegado a usurpar mi verdadera personalidad. Con el paso de los años, amigos caritativos y entrometidos varios me han aconsejado que me pase por el quirófano para librarme de la miopía. Suelen ser los mismos que me recomiendan que me ponga a dieta; y aunque disfrazan sus consejos pintándome un futuro muy halagüeño, yo no les hago caso, porque las gafas, como los kilos de más, son una condena que me he ganado a pulso; y si mañana me la levantaran me sentiría como un fantasma de mí mismo.