Tintoretto

A todos nos ha ocurrido en multitud de ocasiones (y es una experiencia dolorosa y vergonzante). obras literarias o artísticas que nos subyugaron en una edad anterior, que iluminaron algún pasadizo de nuestra vida pretérita devienen tediosas o inanes en un encuentro posterior. Y puesto que las obras siguen siendo las mismas, hemos de concluir que quienes hemos cambiado somos nosotros; y que, por lo tanto, la persona que fuimos en otro tiempo yace sepultada, y con ella las ilusiones que en otro tiempo nos exaltaron, las zozobras e inquietudes que en otro tiempo creíamos imperecederas. Es una de las experiencias más aleccionadoras (y también descorazonadoras) a las que podemos enfrentarnos; y una constatación de que, a la vez que envejecemos, vamos clausurando a nuestras espaldas muchas estancias en las que creímos que podríamos refugiarnos y retozar sin descanso cuando llegase el invierno. Pero el invierno siempre nos deja a la intemperie.

Me ha ocurrido con novelas que, allá en la adolescencia, juzgué sublimes; con películas que me arrebataron hasta las lágrimas; con pinturas que me conmovieron y encandilaron. confrontado con ellas, veinte años más tarde, se me antojan mostrencas, aburridas o aspaventeras; y entonces cae sobre mí un fardo de irremisible decrepitud, mientras me corroe el frío del invierno. Por eso he vuelto a Venecia lleno de aprensiones y desasosiegos. hace casi dos décadas descubrí en esta ciudad la pintura de Jacopo Robusti, el Tintoretto, que hasta entonces solo conocía por vislumbres y retazos, y que en Venecia me sacudió con su desbordante y tempestuosa belleza, dejándome una huella indeleble. Temía que, al volver a contemplar sus cuadros, lo que antaño juzgué genialidad se tornase hogaño grandilocuencia y desmesura; y que la inspiración que entonces me pareció poseída de divinidad se me mostrase rutinaria y archisabida. Tintoretto fue un galeote del pincel, uno de esos pintores que trabajaron a destajo, sin excesivas preocupaciones académicas ni pruritos de perfección. como siempre ocurre con los artistas incontinentes, en su obra se mezclan la ganga y la veta de oro sin solución de continuidad, a veces en un mismo cuadro; y quien desee admirarlo debe aprender a amarlo por igual en sus cúspides de belleza y en sus desfallecimientos, amalgamados en una misma sustancia por un temperamento abnegado y febril. Sus composiciones retorcidas y tumultuosas, sus violentos escorzos, su pincelada briosa y a veces desmañada, su teatralidad turbulenta y, sobre todo, su fe apasionada lo tornan un pintor muy alejado del gusto contemporáneo; y llegué a temer que, con los años, también mi gusto se hubiese apartado de él.

Pero fue verme otra vez ante sus cuadros y descubrir que su pintura seguía entablando con mi alma aquel coloquio que, veinte años atrás, me trastornó por completo. En la veneciana Scuola Grande di San Rocco, donde se reúne la mayor colección de su pintura (y no, como ocurre en los museos, por aluvión y como fruto de saqueos y traslados diversos, sino tal como fue concebida), este descubrimiento se hizo trepidante y entusiasta. Cuentan los libros que, cuando los cofrades de San Rocco convocaron un concurso para determinar qué pintor decoraría su edificio, todos los rivales de Tintoretto, incluido el propio Veronés, presentaron al jurado sus bocetos; pero Tintoretto les tomó a todos la delantera ante el jurado, entregando un cuadro ya concluido. Cuando la encomienda le fue asignada, Tintoretto renunció a sus honorarios y se conformó con cobrar a la hermandad el coste de los materiales empleados en los más de sesenta cuadros que adornan las paredes y los techos del edificio; a cambio de tamaña generosidad, los cofrades de San Rocco concederían a Tintoretto una pensión vitalicia. Ignoro si se trata de una anécdota histórica, o una más entre las muchas leyendas que circulan sobre el pintor veneciano, pero lo cierto es que sirve para ilustrar la impresión de generosidad y entrega que se desprende de la pintura de Tintoretto. Y también ese ímpetu que nace de un fondo común de devoción religiosa y amor por su oficio y que se resuelve en una tensión dramática sin igual, un portento de belleza ávida de ofrendarse.

Ha sido un reencuentro gozoso con uno de los mayores deslumbramientos estéticos -y espirituales- de mi juventud. Tintoretto me sigue pareciendo igual de genial que hace veinte años; y esto me confirma que algo muy importante sigue vivo dentro de mí, invulnerable al invierno.