Manifiestos

Nunca he entendido la propensión irrefrenable que mueve a algunas gentes de mi gremio a firmar manifiestos a troche y moche, seguramente porque desconfío de las comanditas y las opiniones al alimón. Ni siquiera los manifiestos históricos, aquellos documentos con vocación de catecismo en los que se declaraba fundada tal o cual corriente estética o política, promueven mi simpatía; a la postre, uno siempre descubre entre sus líneas un afán fiscalizador, un restrictivo mandato que obliga a los firmantes a acatar las directrices de la ortodoxia. El Manifiesto surrealista, por ejemplo, fue concebido con un propósito muy higiénico de extender los límites del arte; cuando esa transgresión anhelada degeneró en norma obligatoria, aquel texto inaugural se convirtió en la coartada que los inquisidores surrealistas esgrimieron para dispensar indulgencias plenarias y anatemas. Cada vez que un miembro del movimiento se atrevía a infringir alguno de los mandatos del manifiesto, era expulsado de la hermandad, después de recibir un soberano rapapolvo y las más crueles admoniciones; huelga añadir que las más perdurables creaciones surrealistas fueron las de aquellos proscritos que prefirieron volar por libre, aunque esa libertad equivaliese a una condena al ostracismo.

Hubo una época, cuando el arte se convirtió en un departamento de la política, en que el escritor, para demostrar su compromiso, se refugió en dos recursos tan ridículos como altisonantes. perpetrar poemas y novelas que aboliesen la puntuación y adherirse a los manifiestos más variopintos. Hoy, aquellas osadías ortográficas se nos antojan aburridos resabios de algún trauma infantil; los escritores que las cultivaron  aprovecharon la moda imperante para disimular su escaso dominio del punto y la coma, que quizá no les explicaran debidamente en la escuela. La adhesión a manifiestos, en cambio, solo admite una explicación patológica. diríase que aquellos escritores engagés no confiaran demasiado en la elocuencia de su escritura y que, para suplir esta carencia, necesitasen proferir, de forma explícita y un tanto paroxística, lo que sus libros regados de anacolutos y sus artículos anémicos no habían logrado nombrar. En cierto modo, el escritor que recurre a manifiestos para definir su actitud estética o ideológica es como el vendedor de jamones que, para publicitar su mercancía, necesita proclamar su procedencia porcina, temeroso de que su aspecto demasiado esmirriado y anémico nos haga sospechar que son jamones de perro o gato. Cada vez que leo una retahíla de nombres rematando un manifiesto, me pregunto cuál es la razón que puede impulsar a un escritor a ampararse en el mogollón del manifiesto, traicionando la vocación de soledad que le impone su oficio.

Decía Azaña que, en España, el mejor modo de guardar un secreto consiste en publicar un libro; y sospecho que esta afirmación, que hace un siglo tal vez tuviese sus visos de verdad, ahora es una verdad irrefutable. Todo lo que el escritor escribe ingresa de inmediato en los cementerios del olvido, ignorado por sus contemporáneos o, todavía peor, sepultado por el ruido mediático, que el desarrollo tecnológico no ha hecho sino agigantar. Y el escritor, que en su apetito de protagonismo llegó a creerse depositario de una suerte de misión mesiánica, erigiéndose en oráculo de su tiempo, descubre de repente que la tribuna de sus libros y artículos es demasiado modesta, o al menos no tan ostentosa como quisiera, y entonces recurre a la coartada del manifiesto,  que le permite trepar con más facilidad a la tribuna mediática. Además, la adhesión a un manifiesto permite que la responsabilidad de los firmantes quede más diluida y nebulosa. no es lo mismo escribir a pecho descubierto una diatriba denostando a tal o cual gobernante que suscribir un manifiesto en el que los denuestos se reparten entre doscientos; tampoco es lo mismo, por cierto, actuar de turiferario de tal o cual gobernante a título personal que fundirse en la nube de incienso que prodigan en comandita doscientos turiferarios. En uno y otro caso, se puede aspirar a pasar medianamente inadvertido, sobre todo si cambian las tornas; y hasta se puede aspirar, en medio del mogollón, a ser sucesivamente denostador y turiferario.

Los manifiestos nos demuestran, a la postre, que la vocación solitaria del escritor precisa de alivios gregarios. Es como si el francotirador necesitara, de vez en cuando, sumarse a un pelotón para disparar salvas de fogueo.