Los ojos de Apu

Debía de correr el año sesenta y cinco o así. No mucho más. Los domingos por la tarde en aquel pueblo -que ya se estaba convirtiendo en industriosa ciudad- transcurrían lentos como los atardeceres a mano de los que tanto habla Alvite en las memorias melancólicas de sus horizontes gallegos. Mi padre me administraba un duro para subvencionarme el cine del colegio y la correspondiente Pepsi con palomitas del intermedio. Y me adjuntaba un pequeño puro con el que gratificar al portero, Bartolo, que era capaz de conocer por su nombre y apellidos a todos los alumnos que estudiábamos en Valldemía, muchos de los cuales echábamos la tarde entre los patios y la pantalla. Recuerdo fotográficamente la tarde en la que vi aquella película conmovedora de dos niños indios -entonces decíamos hindúes -, pobres y desgraciados como pocos. Pasaron años, muchos años y me volvían a la cabeza las escenas de varias desgracias y varias muertes que resultaban conmovedoras para un chaval de pocos años; con ese tiempo no te impresionan la posición de la cámara ni el ritmo narrativo ni las elipsis cinematográficas, solo te muerde la historia, el impacto de un cuento de lamento lejano en el tiempo y el espacio. Mi incultura cinéfila me llevó a preguntarme durante años qué película sería aquella, incluso a preguntárselo a expertos y conocedores de cualquier detalle del mundo del cine, expertos de esos que se saben el nombre del tramoyista de cualquier película menor. Finalmente, un oyente me puso en la pista. la película podía ser Pather Panchali, una cinta de culto rodada en 1955 que se desarrolló en otras dos partes más configurando la trilogía de Apu, el niño protagonista, que vehiculiza la historia. Al cabo de unas semanas recibí un obsequio conmovedor. de visita en Bodegas Santa Cecilia de Madrid con motivo de una de las siempre interesantes catas que organizan estos magníficos bodegueros, Mayte Santa Cecilia me puso en la mano la trilogía india editada en DVD no ha mucho.

Era esa. No hubo que dudar ni mucho ni poco. Un poema fílmico incomparable, despacioso, quedo y sugerente como pocos. Pather Panchali, La canción del camino, es un pequeño prodigio surgido del milagroso tacto de un realizador sin recursos -Satyajit Ray- y de unos actores llenos de buena voluntad, pero desconocidos para la multitud de entonces. Es la India de los años veinte, llena de miseria y de ilusión, retratada con un cierto aire neorrealista -o eso creo yo, que no tengo ni idea de cine- y con un estilo insólito hasta el momento. Es el contraste entre la pureza y la pobreza, la sentimentalidad contenida y la resignación generacional de unos tipos, aun así, indestructibles. La volví a ver una mañana de domingo, tantos años después, mientras tenía unos garbanzos estofándose con chorizo, tocino, cebolla con clavo, una cabeza de ajos, una punta de jamón y un par de hojas de laurel. Luego habría de trocear lo anterior y sofreírlo a la par de las legumbres, a las que habría de añadir comino, pimentón y pimienta. Acompañado de un solomillo de cerdo troceado y macerado durante la mañana con limón, ajo, perejil, pimienta, aceite y sal y debidamente empanado para ser posteriormente frito -el caldo resultante se puede aprovechar para añadir algunos fideos finos y obtener una sopa deliciosa-, configura una comida casera muy agradable para un domingo de otoño.Por mor del filme casi se me seca la cocción. La naturaleza en blanco y negro, la nada en los recursos, la soledad de sus protagonistas -la anciana abuela es manifiestamente conmovedora, arrolladora en su expresión-, la música de Ravi Shankar, lo hostil del devenir de cada cual y la estremecedora y feroz crueldad del destino de todos ellos me encogieron en el sillón de casa mientras protestaban los garbanzos por escasez de agua. Volví a ser aquel chiquillo conmovido por una historia a la que pude añadirle, por fin, la comprensión del método con el que estaba relatada. Visto con ojos de niño o con ojos de adulto, la película consiguió aturdirme en ambos casos. Misterios magistrales del arte. Finalmente los garbanzos devolvieron las cosas a su sitio, pero los ojos del niño Apu aún me siguen cuando cierro los míos, como ocurrió cuarenta y cinco años atrás.