Chicago, visto desde el viento

Descubra Chicago en varias ráfagas. Hubo un tiempo en que dichas ráfagas lo fueron de plomo, cada bala con su nombre y cada muerte con su remitente. Hoy, afortunadamente, acabado aquel tipo de gánsteres, las ráfagas son de viento, viento helado, cortante, que parece llegar hasta el hueso con su punta afilada y avasalladora. A Chicago la conocen así, como ‘la ciudad del viento’, que es como avisarte de antemano de lo que te espera porque es aquí donde el viento da la vuelta y si no te coge de ida te coge de venida. Solo una vez vine anteriormente en el invierno duro de este medio oeste y no me olvido de cada estremecimiento, porque cuando uno va a Laponia sabe que lo suyo es que la temperatura ronde los treinta bajo cero en algunas fechas del año, pero cuando viene a Chicago no cree que las mínimas puedan rondar los veinte o veinticinco bajo cero, ya que este escenario, teóricamente, está domesticado por el hombre. Aquello fue hace años, en un mes de enero. Pero esta vez ha sido en noviembre, cuando las elecciones norteamericanas que tanto han dado que hablar, y la temperatura se ha comportado como un amable anfitrión que sabe deparar un trato confortable a sus huéspedes. Fresco pero no frío, con lo que se podía estirar la cabeza para admirar la notabilísima arquitectura de Chicago sin que en el intento se te congelase el gesto. Chicago, como todas las ciudades reinventadas, renació después de un incendio (que la leyenda atribuye a una vaca que desplazó con el rabo una lámpara de queroseno), como San Francisco, como Lisboa. Rehicieron la ciudad y se emplearon en ello los más célebres arquitectos del país y otros tantos venidos desde muchos lugares.

La ciudad comenzó a congregar trabajos de maestros tan distintos como Frank Lloyd Wright o Mies Van der Rohe, cada uno en su tiempo, y vio cómo aquella ciudad de casas de madera daba paso al reino impresionante del acero y el cristal. Pasear el Chicago arquitectónico en ruin barca por el río Chicago o mediante un paseo de tren por el loop de la ciudad es tener garantizado permanentemente el asombro. El loop es un bucle de tren o tranvía que recorre el centro de la ciudad a media altura, reclamo cinematográfico permanente y característica fundamental de Chicago. Montarte en él y dar una vuelta es ir saludando a los vecinos de las segundas plantas, que igual están cocinando que barriendo o que holgando o estudiando o bailando. Enseguida iba a durar mucho un tren así en cualquier ciudad española, que ya habría institucionalizado diez mil plataformas para su soterramiento. El barco es, como hicieron Rajoy y Merkel, una puerta abierta a las obras monumentales de los grandes creadores. En Chicago nacieron los rascacielos y se empezó a utilizar uno de los mejores inventos del ser humano. el ascensor.

Y en Chicago conviven en aparente armonía el neogótico con el art déco, a orillas del lago Míchigan, en su impresionante fachada civil. Los que nos sentimos fascinados y permanentemente admirados por las obras de arte arquitectónicas modernas o recientes -y, consecuentemente, defraudados por los petardos que pegan algunos cantamañanas- tenemos en la más importante ciudad de Illinois el lugar perfecto para nuestro entretenimiento. El edificio Wrigleys, sin ir más lejos, regentado aún por la familia del fundador, imitó en su tercio superior el gótico catedralicio de Sevilla y las hechuras de la Giralda. Ahí está para quien quiera comprobarlo. La Torre Sears fue durante muchos años el edificio más alto de Estados Unidos, título que espera arrebatar el que ha diseñado Santiago Calatrava, el Chicago Spire, del que por ahora solo consta el agujero del suelo. Así se puede admirar la Lake Point Tower -aconsejable aunque caro el restaurante Cite en su última planta-, Marina Towers, Hancock Tower, Tribune Towers y tantas más. La semana que viene hablamos de las elecciones y de la pata de pavo que se comió mi colega Ángel Gonzalo en el célebre Millers del centro y que parecía, según testimonio propio, el brazo de Paulino Uzcudun.