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Veinticinco años cumple nuestra revista en los quioscos. ¡Cuánta agua ha pasado bajo los puentes! Me miro ante el espejo y trato de evocar al muchacho que yo era hace veinticinco años. solitario, soñador, empachado de literatura, desvelado de ilusiones y de versos sin destinatario, como palomas mensajeras rumbo a una tierra incógnita. La vocación literaria palpitaba en mí, como un corazón de pájaro; y era una palpitación incandescente que me abrasaba por dentro. Empecé a leer esta revista en El Norte de Castilla, allá en mi ciudad levítica, con unción y temblor; entonces creo que habría dejado que me cortasen un brazo por ver aparecer allí mi nombre en letras de molde, pero eran quimeras de chico de provincias que reinventaba el cuento de la lechera.

Un día ese sueño se hizo realidad. Inopinadamente, Arturo Pérez-Reverte saludó con alborozo mi primera novela; lo hizo en un artículo de una generosidad apabullante que me dejó tiritando durante días o tal vez semanas. Me recuerdo leyendo aquel artículo una y otra vez, hasta casi aprendérmelo de memoria; todavía hoy podría recitarlo de corrido, y es uno de los tesoros que guardo en la memoria de aquellos años tumultuosos y vehementes, un tesoro que nunca dimite de su fulgor. Algunos meses más tarde, me llamaron de esta revista, demandándome un artículo; así fue como conocí a Fernando Rayón, que por entonces era subdirector de El Semanal y que, enigmáticamente, reincidió en sus peticiones en los meses sucesivos. Un día Fernando Rayón me pidió que viajara a Madrid, para reunirme con sus jefes, que querían proponerme una colaboración más asidua. Asistieron a aquella reunión el propio Rayón, Ignacio García Iglesias que por entonces dirigía la revista y Miguel Larrea, director de publicaciones; me invitaron a comer y me propusieron, para mi pasmo, una colaboración asidua en El Semanal. Aquel ofrecimiento me intimidó. recordé entonces una frase que había leído en Villiers de lIsle-Adam, en la que nos advertía que los sueños a menudo se hacían realidad; y que, al hacerse, nos agarrotan y dejan sin capacidad de reacción. En aquella ocasión, aquella colaboración no fue posible; y me quedó una tristeza remejiéndome el alma, como cuando vemos partir del andén un tren en el que viajan nuestros anhelos.

Pero la vida nos concede siempre una segunda oportunidad. Pocos años más tarde, ABC se integraba en el Grupo Correo, después rebautizado como Grupo Vocento; y, pasado algún tiempo más, la revista Blanco y Negro, en la que yo colaboraba, se fundía con esta que tienes entre tus manos, querido lector. Fui acogido entonces con una hospitalidad infrecuente; y mi primer artículo se lo dediqué a Arturo Pérez-Reverte, tratando de corresponder pálidamente a la generosidad que un día ya lejano había mostrado con un oscuro escritor de provincias. Llevo ya muchos años escribiendo en El Semanal, luego rebautizado como XLSemanal. han sido años sobresaltados, en los que muchas ilusiones de la juventud se hicieron añicos; y en los que nacieron ilusiones nuevas y más pujantes. Años en los que he participado modestamente de esta aventura ya longeva y siempre renovada; años en los que he escrito con entera libertad, sin disfrazar mis querencias y obsesiones, mis inquietudes y zozobras; años en los que el rompecabezas de mi corazón, en el que sigue latiendo un pájaro, ha quedado estampado en cientos de artículos volanderos. Tengo que agradecer muy efusivamente la confianza que en mí ha depositado Mar Cohnen, directora de esta revista, que es una de las personas más desprejuiciadas y luminosas que he conocido, llena de un amor incombustible por su oficio; también quiero rendir homenaje a Mercedes Baztán, a quien mortifico con mis dilaciones en la entrega de los artículos, una mujer de una finura espiritual y un incombustible brío de vivir con la que he llegado ¡a través del correo electrónico! a raros extremos de comunión y confidencialidad; y a David Benedicte, poeta desvelado, de una aspereza clarividente, que me ha entrevistado en más de una ocasión; y, en fin, a todos cuantos hacen posible esta aventura periodística que hoy alcanza sus bodas de plata.

Gracias, en fin, a los lectores que nos han acompañado durante estos años, refrendando semanalmente este matrimonio tozudo y bien avenido. Gracias por su lealtad lectora, por su paciencia amable, por su curiosidad incombustible. Pasarán otros veinticinco años, y nuestro compromiso seguirá siendo un noviazgo recién estrenado.