Otro modo de viajar

De vez en cuando me gusta coger el coche y conducir, irme lejos sin saber exactamente adónde. Mi marido lo llamaba ‘escapismo’, yo lo llamo ‘escapada’, y sigo haciéndolo siempre que puedo. No solo porque se me ocurren buenas ideas para mi trabajo mientras conduzco, sino porque a veces me pasan cosas curiosas. La última vez que me dio por el escapismo fui a Cáceres. No era mi primera visita, pero hay una gran diferencia entre viajar solo o hacerlo acompañado. A lo mejor es porque soy una persona demasiado individualista (mea culpa), pero cuando voy con otros me entero de menos cosas, y ahora se me ocurre una teoría al respecto. Creo que, cuando uno pasea solo, percibe el entorno de una manera que se parece mucho al modo en que lo hacía de niño. Es como si, lejos de interferencias y comentarios ajenos, los sentidos se confabularan para que uno vea, huela, sienta y oiga cosas que de otra forma pasa por alto. A lo mejor por eso, aquel día que les cuento, de pronto me vi en una ciudad de Cáceres que no era la que tenía delante sino anterior, de los años cincuenta o principios de los sesenta, más o menos. Para explicarlo, tendré que retroceder un poco en el tiempo y contar que cuando era niña y vivía en Uruguay tenía una niñera, a la que adoraba, que se llamaba Carmen, como yo.

Era cacereña y por las noches nos contaba historias de su tierra. Hablaba, por ejemplo, de la casa de los Cáceres Ovando y de su torre, la más alta de la comarca, porque en tiempos de los Reyes Católicos a don Diego Cáceres se le eximió de la obligación de desmocharla por ser un súbdito leal a sus majestades. Y, según Carmen, desde entonces las cigüeñas que anidan en su torre son las más grandes y blancas que surcan los cielos de Extremadura. Me contó también viejas leyendas de moros y cristianos que tenían por escenario el palacio de las Veletas, donde, por lo visto, de vez en cuando se aparecía el espíritu de una princesa mora que se ahogó en su aljibe cuando se peinaba para una cita con un caballero cristiano. Pero mi historia favorita, sobre la que un día me gustaría escribir más extensamente, tiene que ver con un convento. Carmen no decía su nombre, solo lo llamaba el convento , y contaba que a ella la habían encontrado las monjas, abandonada en su torno con apenas unos días de vida una calurosa mañana de julio. Mira, ¿ves esto? , me decía enseñándome una medalla de oro de la Virgen del Carmen que llevaba siempre al cuello con un lazo rojo, es lo único que tengo para saber quiénes fueron mis padres, y algún día volveré a Cáceres para averiguarlo .

Nunca lo hizo, pero yo, mientras paseaba por la ciudad aquella tarde pensando en Carmen, tuve de pronto la sensación de que andaba por ella como si la conociera al dedillo. Sabía exactamente de qué color eran las piedras de aquella iglesia, dónde había una fuente o dónde arrancaba un callejón sin salida. Como no creo en espíritus ni en la reencarnación, pienso que Carmen logró transmitirme unas imágenes tan vívidas como solo logra pintarlas la nostalgia y el amor a la tierra en la que uno nació. Por eso quiero volver pronto a Cáceres y con tiempo intentar averiguar en cuál de sus muchas iglesias y conventos hay un torno donde antes dejaban niños. Seguramente nunca lograré resolver el enigma de aquella medalla de nuestra Virgen que ella llevaba al cuello esperando que la ayudara a averiguar quiénes eran sus padres. Pero, en cambio, podré hacer un pequeño homenaje a alguien que me enseñó que también se puede viajar con la imaginación, el deseo, la esperanza. Y, cuando vuelva, pienso hacer algo más en recuerdo de mi tocaya, un homenaje gastronómico. Ella me hablaba siempre de los platos típicos de su tierra. de la caldereta de cordero, de las migas, también de las perdices al modo de Alcántara. Claro que para esta parte de la excursión sí pienso llevar acompañante. Tal vez los paseos en busca del tiempo perdido sea mejor hacerlos a solas, pero después una cena en el Atrio -uno de mis restaurantes favoritos, por cierto- es mejor de a dos. Como dice la Guía Michelin, que le ha dado dos estrellas, por él vale la pena desviarse de lo que uno tiene pensado, ça vaut le détour.