Una casa sin cimientos

En algún artículo anterior hemos comparado la pretensión quimérica de nuestros gobernantes por poner remedio a la crisis de deuda que nos sofoca sustrayendo recursos de la economía real con el empeño de reparar el tejado de una casa excavando sus cimientos,  para emplear la tierra removida en la fabricación de tejas. Nuestra situación económica se parece, en verdad, a una casa de cimientos precarios rematada por un tejado que hace agua. Pero no un tejado normal y corriente, sino un tejado al que un arquitecto demente hubiese incorporado torres y pináculos que aspiran a hacerle cosquillas al cielo; torres y pináculos que, en sucesivas reformas de la casa encomendadas siempre al mismo arquitecto demente, han ido acrecentado su altura, en desafío flagrante al sentido común, hasta que los cimientos no pueden soportar su peso. Los cimientos de la casa empiezan a resquebrajarse; y las torres y pináculos inverosímiles erigidos sobre el tejado amenazan con el derrumbe, incapaces de mantener el equilibrio. Entonces, ante esta expectativa fatal, el arquitecto demente decreta que se retiren los pilares de la casa y se excaven los cimientos, para emplear los materiales arrancados en el sostenimiento de las torres y pináculos, e incluso para acrecentar un poco más su altura, de tal modo que luzcan todavía más vistosos.

Nadie quiere reconocer que tales torres y pináculos son insostenibles; nadie quiere reconocer que irremisiblemente terminarán cayendo sobre la casa de cimientos cada vez más precarios; y que, cuando por fin lo hagan, aplastarán entre sus escombros a sus moradores, que ya sienten cómo el piso se hunde bajo sus pies. No hace falta aclarar que tales torres y pináculos que, cual nueva torre de Babel, aspiraban a hacer cosquillas al cielo es la deuda financiera; y que los sufridos habitantes de esa casa deshabitada son los trabajadores y cotizantes, que cada día ven disminuir sus sueldos, si es que todavía los cobran, y aumentar las exacciones.

Nos hemos acostumbrado a leer en la prensa noticias sobre la deuda financiera de administraciones y empresas que incluyen cifras pavorosas, imposibles ya de enjugar aunque tales administraciones y empresas durasen mil años (que, evidentemente, no durarán); e, increíblemente, nos hemos acostumbrado a fingir que creemos que tales cifras serán algún día (tal vez cuando las ranas críen pelo) enjugadas. lo fingen nuestros gobernantes, lo fingen nuestros banqueros, lo fingen nuestros empresarios, en una ceremonia de unánime simulación enloquecedora. En la prensa, por ejemplo, podemos leer que el coste de los intereses de la deuda del Estado español para 2013 se aproxima a los diez mil millones de euros, cantidad que duplica con creces todos los ahorros introducidos por el Gobierno en todos sus ministerios; cantidad que supera la partida de prestaciones por desempleo; cantidad solo superada (de momento) por la partida destinada a pensiones. ¿De veras alguien que no haya perdido el juicio puede creer que una deuda cuyos meros intereses se han convertido ya en la segunda partida de los presupuestos puede enjugarse? Sinceramente, aquel propósito del niño o ángel que san Agustín se tropezó en la playa, que pretendía encerrar el agua del inmenso océano en un hoyo excavado en la arena, se me antoja menos quimérico.

También en la prensa podemos leer, por ejemplo, que empresas y corporaciones que han entrado manifiestamente en pérdidas acumulan deudas bancarias de miles de millones de euros, mientras sus directivos siguen cobrando sueldos fastuosos. Los bancos acreedores de tales empresas saben perfectamente que las cantidades que les adeudan son irrecuperables, como lo saben los gobernantes que permiten que tales deudas sean condonadas mediante dudosos mecanismos de capitalización, o aplazadas sine díe, a la vez que aprueban recortes en las nóminas o despidos a mansalva, para flexibilizar el mercado laboral.

Las empresas sofocadas por la deuda, como sus bancos acreedores, como las administraciones que tienen que destinar la partida mayor de sus presupuestos a pagar intereses, no ignoran que las torres y pináculos financieros que amenazan derrumbe jamás podrán ser reparados. Tampoco ignoran que, tarde o temprano (y cuanto más tarde sea, mayor será el estropicio que su derrumbe ocasionará), tales torres y pináculos erigidos por la vesania y el engreimiento caerán sobre la casa, aplastándola. Pero siguen mortificando a sus inquilinos, debilitando los cimientos cada vez más precarios que sostienen a duras penas la casa en pie. A esto se lo llama misterio de iniquidad.