¿Cómo interpretar el resultado de los comicios catalanes?

Como a la mayoría de la gente de la calle, no me apetece nada comentar el resultado de las elecciones catalanas. Ahora bien, ¿puede alguien que ha nacido en la barriada de Sants -aunque lo largaron a los 17 años al exterior- quedarse mudo ante tamaña circunstancia?

Respecto al resultado, lo primero por lo que uno se siente anonadado es por su complejidad. No es nada fácil saber quién ha ganado cuando exhiben -a la chita callando unas veces, izando banderas en otras ocasiones- tarjetas de vencedores cinco o seis participantes uno detrás del otro.

La prensa madrileña sigue sin enterarse de lo que está pasando en Cataluña. lo único que ven en los resultados es una descalificación del nacionalismo, cuando su contagio al resto del electorado ha sido sorprendente. Pese a quien pese, el único fenómeno realmente nuevo en Cataluña es la protesta generalizada ante el modelo mesetario para lidiar con los desajustes nacionalistas.

Obvian que en el futuro inmediato la solución de los problemas pasará por coaliciones con un marcado sesgo nacionalista. Hay que ser ciego o creerse que el mundo es tal como uno quisiera que fuere para no darse cuenta de que no se trata tanto de que la estela nacionalista haya aumentado como de que se ha enardecido, se ha radicalizado sin punto de comparación con lo que era el escenario anterior. Ahora hay dos grandes coaliciones nacionalistas; muy pocos dudan de que una lo es incomparablemente más que la otra.

La pluralidad de opciones en Cataluña contrasta con la prepotencia del Partido Popular, asentada sobre los errores del pasado, y el consiguiente hundimiento del PSOE como únicos contendientes. Cataluña -como han puesto de manifiesto varios analistas internacionales menos endeudados al pasado que nosotros mismos- sigue siendo uno de los colectivos más amantes de su pasado, pero también de los más abiertos a estampas más visionarias e innovadoras de cara al futuro.

La sensibilización ante el fenómeno de la corrupción parecería ser el segundo rasgo que caracteriza a la voluntad de los votantes. La gente no quiere que la obtención de comisiones lucrativas sea una constante imperturbable de las contiendas electorales. El trabajo, la política, la inteligencia, la prestación de servicios públicos o privados son las variables con las que los votantes potenciales no están dispuestos a negociar.

El mercado laboral está en pleno periodo de ajuste y la política es objeto de la crítica constante, cuando no del sarcasmo y enfado de la gente de la calle. En cuanto a la inteligencia, ya va siendo hora de que las autoridades y profesionales implicados admitan lo que, a voz en grito, han manifestado los observadores internacionales de todo tipo. tenemos el peor sistema educativo del mundo industrializado y el dotado más pobremente para investigar. Por último, no es menos cierto que la prestación de servicios públicos y privados ha funcionado relativamente bien y no debiera empeorar en el futuro inmediato, siempre y cuando el ajuste económico no fuerce la privatización de todos esos servicios o la ampliación del sector público.

Los españoles no parecen haber aceptado todavía que a finales de la década pasada terminó el llamado milagro económico, cuya duración parecía haberlo transformado en pauta establecida. Resulta que no es verdad. Que ningún país puede saltarse los periodos de ajuste y menos que nadie España dentro la Unión Europea. Para afrontar la próxima etapa, hará falta menos dogmatismo que en el pasado y mayor flexibilidad para cambiar de opinión de lo que muy pocos han oído jamás hablar, darse cuenta de que cualquier tiempo pasado fue peor y de que la felicidad está en la sala de espera, pese a los más incrédulos.