A veces, sí; a veces, no; a veces, tú; a veces, yo

Steven Pinker, de cincuenta y siete años, profesor de Harvard y físicamente muy parecido a como sería Jim Morrison si aún estuviera en el mundo de los vivos, es la gran estrella de la psicología evolutiva, que se ha hecho aún más rutilante con la publicación de su libro Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones. En él, y recurriendo a la estadística, Pinker argumenta que vivimos en la época menos cruel y violenta de cuantas ha conocido la humanidad. Nos recuerda que, a pesar de nuestra habitual creencia de que todo tiempo pasado fue mejor, esto no es cierto en absoluto y argumenta que una serie de prácticas monstruosas han sido abolidas con carácter irreversible. Dudo mucho que vuelvan los sacrificios humanos -señala Pinker- o que se legalice de nuevo la esclavitud o la costumbre de torturar sádicamente a nadie . Si uno le recuerda que en países como Rusia existen alrededor de un millón de personas que pueden considerarse esclavos o menciona los desmanes de Abu Ghraib o Guantánamo, el señor Pinker no tuerce el gesto. Después de señalar que las estadísticas cantan y que según ellas nunca ha habido menos guerras y genocidios, se pregunta. ¿Puede decirse que la naturaleza humana tiende de manera innata a la violencia? . Sobre esta cuestión hay, tradicionalmente, dos posturas. Pacifistas y progresistas rechazan la idea porque, según ellos, sostener que existe una naturaleza humana equivale a decir que la violencia es un instinto del que no podemos librarnos. Pero el argumento es erróneo -explica Pinker- porque aceptar la existencia de la naturaleza humana en toda su complejidad implica saber que, junto a los instintos violentos, existen otros igualmente fuertes y de signo contrario, y todo depende de qué lado de nuestra naturaleza acabe siendo más fuerte. Su afirmación puede parecer de Perogrullo, pero es una de las cuestiones que más ríos de tinta han hecho correr. ¿Qué somos, ángeles o demonios? La novedad está en que lo que dice Pinker pertenecía antes al territorio de la filosofía y ahora se enmarca en el de la ciencia, la biología y el neoempirismo. Según él, lo que el ser humano tiene es un aparato cognitivo de signo abierto capaz de concebir nuevas ideas acerca de cómo organizar nuestras vidas. Dicho de otro modo, si la violencia fue útil en otros tiempos para medrar, sobrevivir y aparearse, tal vez ahora sea más útil y eficaz y también rentable fomentar nuestro lado angélico. A mí, esta me parece una idea esperanzadora. Personalmente, dentro de las dos corrientes filosóficas entre Rousseau, que cree que el hombre es un ser mirífico y que son las instituciones las que lo corrompen, y Hobbes, que sostiene todo lo contrario yo siempre he estado más del lado de Hobbes (ya saben, eso de que el hombre es un lobo para el hombre, etcétera). Sin embargo, me ha interesado la idea de que ambos puedan tener razón. Lo que por cierto viene a corroborar la tesis de un amigo mío muy cínico que sostiene que el gran filósofo de todos los tiempos es Julio Iglesias. A ver cuándo te caes del guindo, Carmencita me ha dicho más de una vez. Tú estás todo el día tratando de entender el mundo y a ese mono vestido de seda que es el ser humano con preguntas trascendentes. ¿Qué pesa más, el bien o el mal?. ¿Qué mueve el mundo, el amor o el dinero?. ¿Es el hombre un lobo para el hombre o todo es para bien en el mejor de los mundos?. Pero en realidad es muy sencillo. En esta vida todo es. a veces, sí; a veces, no; a veces, tú; a veces, yo . No se rían, esto de la teoría Julio Iglesias tiene su punto. Si algo caracteriza a la naturaleza humana es su facilidad para adaptarse al terreno, he ahí su grandeza, también su miseria. Pinker, que es menos frívolo que yo, en vez de al papá de Chabeli invoca a Kant para explicar que este filósofo (que sí creía en la naturaleza humana con todos sus defectos) sostiene que en cada época elegimos sencillamente lo que creemos más conveniente. Así, si los intereses de una determinada sociedad están entremezclados con los de sus vecinos y si cree que con ello puede sacar más beneficio, el riesgo de enfrentamiento disminuye. Puro instinto de supervivencia, ni más ni menos.