Menéndez Pelayo

Extraño destino el de Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), de quien en este año que ahora concluye se celebra el centenario de su fallecimiento. Titán de la erudición, hombre millonario de lecturas, polígrafo insomne, de una penetración intelectual sin límites, fue sin duda el español más culto de su tiempo; y, desde entonces, no creo que haya habido nadie que pueda desatarle la correa de las sandalias. Escribió una obra que le proporcionó fama de martillo de herejes , Historia de los heterodoxos españoles, en la que se propuso demostrar que la religión católica era el principio espiritual que había infundido carácter y energía a la cultura española a lo largo de los siglos; y solo por esto se granjeó la enemiga de los intelectuales a la violeta, que, como corresponde a los espíritus chiquitos, se dedicaron desde entonces a denigrarlo. Así hasta llegar a nuestros días. todavía está reciente el intento de remover la estatua que le fue erigida en la Biblioteca Nacional, de la que fue director, bajo un gobierno de izquierdas; y en este año de su centenario, bajo un gobierno de derechas, su inmensa figura apenas ha sido reivindicada.

Por estímulo del maestro Miguel Ayuso, que me invitó a participar en una jornada de homenaje a Marcelino Menéndez Pelayo celebrada en el Instituto CEU de Estudios Históricos, me he engolfado en la lectura de dos obras admirables -e inconclusas- del polígrafo santanderino, Historia de las ideas estéticas en España y Orígenes de la novela. A la segunda, que propone un estudio de todas las obras narrativas anteriores a Cervantes, le falta el tomo dedicado a la novela picaresca, que don Marcelino se aprestaba a escribir cuando lo sorprendió la muerte. De la primera solo llegó a publicar los cuatro primeros volúmenes, que constituyen una impresionante zambullida en las corrientes estéticas y en las teorías filosóficas que las sustentaron, desde la noche de los tiempos hasta el romanticismo francés; se calcula que su plan era escribir al menos otros cuatro volúmenes, dedicados a historiar el pensamiento estético y sus diversas plasmaciones literarias durante el agitado y fecundo siglo XIX español, así como a un tratado último en el que exponer sus preocupaciones personales. Pero las mil y una ocupaciones en las que andaba inmerso, y tal vez el temor a provocar las iras de sus contemporáneos, lo apartaron de este designio.

Así y todo, la lectura de estas obras es una experiencia intelectual pasmosa. Menéndez Pelayo escribe maravillosamente, con un estilo lleno de brío retórico que nunca se hace pomposo; y su visión de la literatura y del pensamiento es siempre periscópica, alimentada por un número abrumador de lecturas y capaz de poner en relación obras que a nadie sino a él se le habría ocurrido vincular. La grandeza de ánimo del autor es también infrecuente. redime del olvido a autores que yacían postrados en el desván de los armatostes inservibles durante siglos; los pule y abrillanta, hasta tornarlos apetecibles a los ojos del lector contemporáneo; y se esfuerza por penetrarlos hasta su misma médula, de tal modo que su paseo por las geografías del pasado no es el del guía de un museo, que se limita a exponer cansinamente un aluvión de erudiciones postizas y epidérmicas, sino la inmersión del buzo que prueba a fundirse con el medio en el que se desenvuelve. Y así, podemos encontrar en sus páginas un estudio de La Celestina sin parangón posible, lleno de observaciones perspicaces y atinadísimas; o una síntesis de la filosofía de Hegel de quien llega a escribir, proféticamente, que es el nuevo Aristóteles en verdad iluminadora. Lo más llamativo de Menéndez Pelayo -en contra de la imagen caricaturesca que los intelectuales a la violeta nos han legado de él- es que se trata de un autor extraordinariamente simpático, capaz de reconocer los méritos y la grandeza de autores que se hallan en las antípodas de su pensamiento.Si algo le podemos reprochar a Menéndez Pelayo es, precisamente, la ausencia de una crítica sistemática que filtre y decante ese caudal inmenso de lecturas. diríase que en él pesase más la admiración rendida ante aquellos gigantes del pensamiento que convoca en sus páginas que la revisión de su obra a la luz del pensamiento católico.

Pero a Menéndez Pelayo le colgaron un sambenito; y, como España es país camastrón y perezosote, el centenario de este monstruo de la naturaleza ha pasado casi inadvertido. Caiga sobre sus promotores y consentidores eterno oprobio.