El beso más largo de la historia

A veces, personas a las que les gustaría probar suerte y convertirse en escritores me preguntan dónde buscar inspiración, dónde nacen las historias. Yo les contesto siempre que están por todos lados, que solo hay que mirar alrededor, aunque sin duda dos de mis fuentes favoritas son los anuncios por palabras y las páginas de sucesos. De hecho, grandes novelas han salido de unos y otras. Stendhal, por ejemplo, para escribir Rojo y negro, se valió del caso de un ambicioso exseminarista, de nombre Antoine Berthet, que acabó en la guillotina por matar a su examante. Flaubert, por su parte, se inspiró en la vida de uno de los colegas de su padre, médico, para crear su archifamosa Madame Bovary. Delphine Delamare se llamaba la verdadera Emma Bovary y, al igual que ella, se suicidó por deudas y por mal de amores. Difícilmente podrían Berthet y Delamare haber imaginado que de seres anónimos en vida devendrían inmortales después de su muerte. Existen muchos casos de fama póstuma como estos, pero sin duda el más fascinante de todos es el de Resusci Anne. En la vida real seguramente no se llamaba Anne y, lejos de resucitar, su cuerpo de adolescente apareció flotando un día en el Sena, pero, aun así, su belleza y su enigmática sonrisa le depararon una curiosa forma de inmortalidad. Empecemos por el principio.

Hacia finales del siglo XIX, los empleados públicos de París recuperaron del río el cadáver de una desconocida que apareció sin signo alguno de violencia, lo que hizo pensar que se trataba del cuerpo de una suicida. Según costumbre de la época, sus restos fueron expuestos en la morgue por si alguien los reconocía. No fue así, pero sus rasgos perfectos y esa extraña sonrisa de la que les hablo la hicieron famosa. Se formaron largas colas para admirarla y un maestro modelador hizo de ella una máscara mortuoria. Era tal su belleza que la máscara se convirtió en un grabado que muchas personas compraron como obra de arte. Desde entonces, la misteriosa suicida con sonrisa de Gioconda ha inspirado a no pocos escritores, entre ellos a Rilke y Nabokov, que le dedicaron sendas piezas. Sin embargo, el destino le tenía reservado una inmortalidad aún más literaria. Una que ni la más calenturienta y romántica imaginación pudo prever porque, como siempre, la realidad o, mejor dicho, la vida, es la escritora más audaz. Hacia 1950, un fabricante de plásticos noruego al que le habían encargado diseñar un maniquí de reanimación cardiopulmonar eligió la cara de Anne para sus muñecos. Lo hizo, según él, porque era muy importante motivar a los futuros socorristas y médicos con un rostro lo más parecido a un ahogado real.

¿Y cuál mejor que el de aquella misteriosa muchacha del Sena? Desde entonces, en todo el mundo y a diario, hombres y mujeres que aspiran a salvar vidas juntan sus bocas con la de Resusci Anne. Ya no importa quién era ella ni qué terrible desengaño de amor pudo hacerla saltar desde uno de los puentes del Sena. Tampoco importa que, en la vida real, estuviera expuesta desnuda y bellísima en una fría morgue durante días sin que la reconocieran ni reclamaran. Ni siquiera importa que nadie llorara su muerte, ahora Anne se ha convertido en la mujer más besada de la historia. Y es que la vida tiene a veces extrañas compensaciones, convirtiendo, como en este caso, a quien ha sido desdichado en inmortal. Lo es Resusci Anne, por supuesto, pero también el despechado asesino que, desde la página de sucesos, inspiró Rojo y negro, de Stendhal. Y lo mismo ocurre con aquella atolondrada ama de casa que un día se envenenó con arsénico para convertirse en Madame Bovary. Habrá quien piense, y tiene razón, que es mejor tener una vida insignificante y feliz que acceder a este tipo de inmortalidad. Sin embargo, para aquellos a los que el destino les ha jugado sucio, tal vez sea una especie de justicia poética tener otra y eterna vida. Así parece indicarlo por lo menos la enigmática y a la vez complacida sonrisa de Resusci Anne. Googleénla y verán que tengo razón.