El combate

Este mes de diciembre hemos tenido la suerte de vivir uno de esos combates épicos que tanto nos gustan a los aficionados al boxeo, esa casta supuestamente tan extraña, tan políticamente incorrecta, tan ignorada, tan desconocida. Y tan amplia; que le pregunten, si no, a Marca TV por las cifras de audiencia de la transmisión que comentó el gran Jaime Ugarte. Se enfrentaban Manny Pacquiao, el campeón filipino, y Juan Manuel Márquez, uno de esos peleadores mexicanos que, como decía el inolvidable Javier Azpitarte, no conocen la palabra rendición. Era la lucha entre la rapidez y la voluntad, el estilo y la testosterona; era un tigre contra un miura. En sus tres peleas anteriores hubo de todo. dos victorias del tagalo y un combate nulo; entonces, ¿qué ha tenido esta que la hace distinta a las demás? Pues todos los argumentos con los que soñaría cualquier guionista de Hollywood.

Manny Pacquiao es el mejor boxeador de los últimos tiempos y en sus vitrinas se acumulan los campeonatos del mundo de todas las categorías imaginables, desde mosca a wélter. Posee la velocidad de manos de Tommy La Cobra Hearns, la precisión del mejor Cassius Clay, la resistencia de Julio César Chávez y una pegada más que considerable. ¿A quién tiene enfrente? A un mexicano. Un mexicano al boxeo es lo que un purasangre a las carreras. En cualquier bar de México hay aficionados que tienen más peleas a sus espaldas que cuatro campeones de Europa juntos. Si a eso le añadimos el oficio y la clase que atesora Márquez, el espectáculo estaba asegurado.

El congresista filipino, el único hombre capaz de parar los combates de la guerrilla en su país -cuando retransmiten las peleas de Pacquiao llegan a acuerdos momentáneos de no agresión-, le estaba dando una severa paliza a su contrincante. Ya le había roto la nariz, había hecho que besara el suelo, le había puesto la cara como un eccehomo y en el aire se notaba la presencia del fantasma del K.O. Pero Manny, el gran Manny, se olvidó de que no peleaba contra un hombre. enfrente tenía a todo un país, al representante de una casta, a un mexicano astuto al que no le importa inmolarse si en el camino puede sacar su poderosa derecha. Y la sacó, ya lo creo que la sacó. Y el dios asiático cayó fulminado como un fardo en la lona azul de Las Vegas mientras los mexicanos gritaban y se abrazaban celebrando la victoria de su héroe.

Cuando un mito empieza a derrumbarse se nos rompe el corazón, pero cuando un perdedor gana se nos engrandece el alma. Y no es que Márquez fuera un perdedor, ya que ha sido campeón del mundo y siempre estuvo en la élite, pero su carisma y cucurrículum no eran comparables a los del gran Pacquiao. Ahora sí, ahora pasará a la historia como el vengador azteca, el hombre que derrumbó al que en el mundo del boxeo llamaban El Matamexicanos después de que el filipino derrotara a Erik Morales, a Marco Barrera y tres veces al propio Márquez. Los mexicanos ya han lavado su ofensa, y el honor queda restablecido en el país de los luchadores.

Pero el boxeo no solo mueve pasiones y sentimientos. Márquez se lleva una bolsa de diez millones de dólares; sin duda, mucho dinero, pero no tanto si lo comparamos con los veinticinco que Pacquiao se llevó para su casa. Así, seamos sinceros, las derrotas duelen menos. Es altamente improbable una revancha. Márquez es mayor y cumplirá los 40 fuera de las grandes órbitas, y los grandes operadores se quedarán sin un gran negocio. Una pena para todos, pero habrá más espectáculos de este tamaño. Cuenta Ugarte en una entrevista en Periodista Digital que el inolvidable Valerio Lazarov, jefe de aquella Telecinco, le preguntó después de una pelea de Javier Castillejo -el gran campeón español de todos los tiempos- que atrajo a millones de espectadores. ¿Este muchacho no podría pelear todas las semanas? . Por algo sería.