¿Será este nuevo año mejor que el que dejamos atrás?

Los lectores preguntan a Eduardo Punset. Pregunta de Anaïs Frías Reyes mediante correo electrónico

Se me ocurren varios motivos por los que este año que empieza va a ser netamente más favorable que el anterior. En primer lugar, porque siempre ha sido así y no veo ninguna razón por la que eso tenga que cambiar aquí y ahora.

Ya sé que a mucha gente le cuesta aceptar que cualquier tiempo pasado fue peor, pero lo contrario sería cuestionar que los dinosaurios no estuvieron más preparados para sobrevivir que los trilobites, que muchas de las aves tenían mayor capacidad cognitiva que los dinosaurios, o que los graduados de la Universidad de Harvard no están mejor preparados para predecir el futuro o interpretar el pasado que la mayoría de las aves.

Cualquier tiempo pasado fue peor. Y si no que venga quien sepa hacerme olvidar la espantosa fotografía de la niña de ocho años sacrificada a los dioses a mediados del siglo XVIII para que lloviera en el norte de Chile.

La segunda cosa, que nos ha costado más de quinientos mil años aprender, es la necesidad de conciliar entretenimiento y conocimiento. Cuando yo era joven, a quien se auguraba un futuro académico mejor era a quien más dioptrías tenía, a quien más pequeño y feo era, a quien más alejado estaba de la salud física. ¡Por Dios! les digo hoy a mis amigos forrados de dinero, no sigas con esta cara de pocos amigos y de estar siempre cabreado porque vas a conseguir que quiebren tus mejores empresas . Hay quien empieza ahora a darse cuenta de que la salud física -cuidar su dieta y correr un poco- es tan importante como la salud mental. Cualquier tiempo pasado fue peor, y no olvides tampoco que es preciso conciliar entretenimiento y conocimiento.

La tercera pauta para abordar 2013 con muchas posibilidades de éxito es dedicar mucho más tiempo a comprender que hay vida antes de la muerte que a indagar si la hay después. A todos mis alumnos les he recordado siempre que no pierdan tiempo explorando si de verdad alguien se ha molestado en garantizarles que tendrían vida después de la muerte, cuando es tan fácil constatar que sí hay vida antes de ella, sobre todo desde que la esperanza de supervivencia no para de aumentar desde 1840.

No solo está claro ahora que la salud física constituye un requisito indispensable para que aflore la salud mental, sino que se están investigando las mil y una maneras de acrecentarla, recurriendo a las últimas tecnologías. Falta muy poco, es solo cuestión de algunos años, para contemplar a deportistas que en lugar de ejercitar sus músculos solamente estarán mejorando también su salud mental o los componentes de la misma, como la memoria, su capacidad de iniciativa o la flexibilidad necesaria para cambiar de opinión y contexto. Esa concatenación declarada entre salud física y salud mental será una pauta de obligado cumplimiento dentro de poco tiempo.

Dentro de nada se considerarán alumnos extraviados los preparados para triunfar cueste lo que cueste; aquellos cuyo comportamiento está regulado por el puro racionalismo y la consecución del propio interés. Porque las nuevas competencias estarán demostrando a las claras que no se puede ganar siempre sin dar nada a cambio.

Queda otro principio que va a transformar los centros de dirección. Les cuesta horrores aceptarlo a los mandos intermedios. No es extraño que se revuelvan como gato panza arriba cuando se les dice que el objetivo prioritario de las sociedades del futuro no va a ser la distribución de la riqueza, sino la del trabajo. Una cosa es buscar que se respete la justicia, procurando que todos tengan un puesto, y otra muy distinta que se distribuya el trabajo favoreciendo la innovación, la formación o la jubilación. Hasta ahora hemos sabido repartir la riqueza, otra cosa muy distinta será distribuir el trabajo en función de las edades o del conocimiento.