¿Qué cosas le gustaría cambiar?

Pregunta de Santiago Molero Pérez. Correo Electrónico

Me molesta que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, insista en que no puedo votar, aunque me guste responder a cualquier pregunta que me quieran hacer el señor Rajoy o el señor Mas. Francamente, me gusta que por una vez me pregunten algo, sobre todo en un país donde han pasado cuatrocientos años sin hacerlo.

O peor aún, como recuerda Jacint Reventós presidente de la Fundación Picasso-Reventós en su prólogo de las memorias del gran pintor August Puig. Fue una gran tragedia para la gente de mi generación de catalanes habernos negado el poder aprender nuestra propia lengua, en la que sentíamos y pensábamos, por lo que nunca conseguimos dominar del todo ninguna otra .

No me gusta que el portavoz del Partido Socialista salga todas las veces, como si le pagaran por ello, diciendo lo mismo. que está en contra de todos los recortes y que lo suyo es el crecimiento. Siempre se queda uno con la pregunta en el aire de saber de dónde va a salir el dinero cuando hemos gastado todo lo que teníamos y más. ¿Cómo pueden hablar con esa seguridad sobre un tema que ha dominado toda la ciencia económica? Me refiero, claro está, al debate deuda/crecimiento.

Detesto constatar que el Gobierno está en contra de que se pague un euro por receta médica a la hora de canjearla en la farmacia. Es alarmante oír a los responsables de la Sanidad menospreciar cualquier ingreso potencial en un sistema sanitario abocado, si no se hace nada para evitarlo, a la quiebra por falta de recursos.

Tampoco me gusta nada esa defensa a ultranza que se hace de la sanidad pública con relación a la privada. No está comprobado que la exclusión de una de las dos competencias redunde en una mejor administración sanitaria. Cuando se defiende una sanidad pública únicamente, se da la impresión de que lo importante es garantizar los sueldos de los funcionarios, en lugar de garantizar una sanidad eficaz. La disyuntiva no es la de una sanidad pública enfrentada a otra privada, sino la de facilitar los medios necesarios para que ambas sean más rigurosas y efectivas.

Los miembros del Parlamento lo son como representantes elegidos por los propios partidos políticos y en modo alguno por los ciudadanos, que solo pueden votar entre una lista confeccionada por los partidos. Es mejor que no votar, pero en modo alguno me puedo sentir satisfecho sabiendo que voto a los amigos de Rajoy o Rubalcaba.

No comulgo con los que defienden el actual sistema educativo, pero admito que se trata de un punto capital el que están discutiendo los homínidos en este terreno. Fue una locura ceder esta competencia a las autoridades autonómicas, porque es darles todo el poder para desmembrar y descohesionar el actual Estado. Yo no digo que no sea eso lo que haya que hacer. Lo que me cuesta admitir es que no se diga claramente desde uno y otro bando. o se defiende, como en Francia, el papel dominante del Estado para implantar el sistema educativo y tener una sola nación cohesionada; o bien se fomenta la separación desde la más tierna infancia. Depende de a lo que se nos quiera adscribir.

Esto me lleva a expresar mi disgusto con las afirmaciones netamente fascistas a la hora de imponer uno u otro modelo. A mis alumnos siempre les sugiero que, cuando deban elegir, no se resignen a comparar el modelo actual con el de anteayer. Es bueno pensar en los millones de años que han marcado la evolución. se tienen muchas más posibilidades de acertar. Cuando no se ha hecho caso a un colectivo dentro de otro mayor, al que se le ha negado la posibilidad de negociar y buscar juntos una salida, siempre acabó yéndose.