Lenin Dadá

Leo en estos días Lenin Dadá (Ediciones Península), un desternillante ensayo-ficción de Dominique Noguez que convierte a Vladimir Ilich Lenin en fundador de la vanguardia literaria llamada dadaísmo. Para demostrar tan estupefacientes atribuciones, Noguez dilucida una de las regiones menos exploradas de la muy ajetreada biografía del dirigente soviético. su estancia en Zúrich, entre 1916 y 1917, justo antes de concluir su destierro y retornar a Rusia para instaurar el terror. Se sabe que Lenin vivía con su mujer en el número 14 de la Spiegelgasse de Zúrich; justo enfrente de él residía Tristan Tzara, con quien Lenin entabló incontables partidas de ajedrez, intercambió ideas y hasta compartió gachí . Noguez no se conforma con airear estas complicidades intelectuales y venéreas de Lenin y Tzara; también sostiene que Lenin participó muy activamente en las algaradas y conciliábulos del café Voltaire, un cabaré muy frecuentado de bohemios y garrapatas, sito en la misma Spiegelgasse, donde una noche de abril de 1916 el movimiento quedaría bautizado para siempre.

Resulta que Tzara, envalentonado por el alcohol, se había disfrazado de bailarina y trepado a un velador del café, para ejecutar una danza más beoda que lasciva. La parroquia empezó a abuchear al travestido bailarín con invectivas y peticiones de descabello. ¡Fuera! ¡No, no, que se largue! . Entonces, entre el clamor desaprobatorio, se alzó el vozarrón de un borrachuzo que marcaba el ritmo de la danza batiendo las manos rudas y callosas, como de masturbador de rinocerontes; la gorra calada hasta las cejas, el bigotón desflecado y la barba hirsuta no lograban disimular sus rasgos mongoloides. ¡Da! ¡Da! , rugía Lenin entre risotadas caníbales, que en ruso significa. ¡Sí! ¡Sí! . Y al ritmo impuesto por sus palmadas, y al martilleo del da, da, da, no tardaron en sumarse los demás parroquianos, golpeando sus jarras de cerveza sobre el mármol de los veladores. Había nacido Dadá.

A partir de tan delirante episodio, Noguez aventura una hipótesis tan disparatada como estremecedora. Lenin habría convencido a su conmilitón Tzara de la necesidad de expandir Dadá, disfrazándolo de doctrina política. Aquel nuevo arte todavía en mantillas, que expresaba el triunfo de lo primitivo y vindicaba el caos como forma máxima de originalidad, requería un andamiaje organizativo que, sin abjurar de los principios de estricta irracionalidad y arbitraria asociación de ideas, se aglutinase en torno a una utopía revolucionaria. Tzara no acababa de comulgar con la propuesta de Lenin, que este siempre exponía con pinceladas de crueldad macabra, sobre todo cuando estaba de mal vino y concebía el mundo como una gran pira que, acogiéndose al ardor bélico desatado por la Gran Guerra, se inmolase en honor de Dadá. Tzara había afirmado que existía una gran labor destructiva por realizar ; había exaltado la improvisación, el inconformismo y el estupro de los valores tradicionales como dogmas de la vanguardia que acaudillaba; pero también había afirmado su repugnancia hacia todos los sistemas ideológicos. Hugo Ball, Hans Arp y otros conspicuos cofrades de Dadá aconsejaron a Tzara que expulsara al ruso del movimiento antes de que su locura incendiaria los condujese a todos al patíbulo. Entonces Tzara concibió una estrategia de escamoteo digna de Houdini. nombró a Lenin delegado plenipotenciario de Dadá en Rusia, con la consigna de aplicar el dadaísmo allí. Lenin partió por fin en febrero de 1917, dispuesto a realizar la encomienda.

Lo que vino después ya se conoce. Los episodios más bestiales de la revolución bolchevique se convierten, de la mano de Noguez, en una aplicación fanática de los postulados dadaístas. En un alarde de humorismo macabro, Noguez propone, incluso, que la hemiplejía que condenó a Lenin a partir de 1923 al mutismo y a la relajación de los esfínteres habría sido en realidad un sacrificado gesto de obediencia al mandato de Tzara, quien en la revista Littérature, aterrado ante la magnitud de la maquinaria infernal organizada por Lenin, escribió. ¡No se dispare más, no se hable más! . Y Lenin, resignado, habría interrumpido sus desmanes e ingresado para siempre en el mutismo. No contaba, sin embargo, Tzara con que el dadaísmo ya se había divulgado entre secuaces que dejaban a Lenin convertido en un mero diletante. Stalin, el discípulo predilecto, se encargaría de dispensar a su antecesor unas exequias rigurosamente dadaístas, con embalsamamiento y exposición de su momia, antes de seguir matando a porrillo.