Un centenario

Se cumple en apenas unos meses el centenario del nacimiento de uno de los más grandes y olvidados cineastas españoles, el director Rafael Gil (1913-1986), a quien he rendido un homenaje modesto en Me hallará la muerte, mi última novela. Tal vez por ello su hijo ha tenido la gentileza de enviarme un hermoso calendario conmemorativo que presidirá mi escritorio durante el año que ahora comienza; cada mes se anuncia con carteles de alguna de las películas más memorables de Rafael Gil, desde Huella de luz (1942) hasta La duda (1972), acompañados por un florilegio de reflexiones del propio cineasta y de impresiones de escritores, críticos cinematográficos, actores y actrices que tuvieron la suerte de tratarlo o que han llegado a conocerlo a través del estudio de su obra. En todas las citas se transparenta el indeclinable amor de Rafael Gil por el cine, un amor abnegado e insomne, menestral y sencillo, como el del alfarero por el barro con el que trabaja; y también un temperamento generoso, lleno de delicadeza amable y lealtad acérrima, que sus amigos no se cansan de celebrar.

Si España fuese un país culturalmente normalizado, Rafael Gil sería celebrado como uno de los más grandes artistas del pasado siglo; y sus películas serían estudiadas sin descanso en universidades y escuelas de cine. Pero como no lo es, Rafael Gil es despachado displicentemente como un cineasta ‘franquista’, que es un remoquete que nunca hemos sabido qué significa exactamente, pero que desde luego actúa como anatema sobre su producción, que así puede ser recluida sin mayores explicaciones en los desvanes de la incuria. Pero lo cierto es que la obra de Rafael Gil, que se inicia durante los años de la Guerra Civil (con documentales, por cierto, de propaganda republicana) y concluye a comienzos de la década de los ochenta (con sátiras tan proféticas como Las autonosuyas), incorpora algunos de los títulos más sobresalientes de nuestro cine; y su autor merece figurar, al lado de Luis García Berlanga, Edgar Neville o Ladislado Vajda, entre los más eminentes creadores cinematográficos de nuestra historia.

En concreto, Rafael Gil fue, sin discusión, el más acertado adaptador de obras literarias que jamás hayamos tenido. Suya es la mejor adaptación jamás realizada de Don Quijote de la Mancha (1947), que sin embargo no lo dejó del todo satisfecho; y suya es también El clavo (1944), sobre el cuento de Pedro Antonio de Alarcón, una obra maestra sin paliativos. Además, Rafael Gil adaptó primorosamente a Pérez Galdós (La duda), Palacio Valdés (La fe), Wenceslao Fernández Flórez (Huella de luz), Jardiel Poncela (Eloísa está debajo de un almendro) o Pemán (El fantasma y doña Juanita), entre otros; y mantuvo una fructífera colaboración con Miguel Mihura y Fernando Vizcaíno Casas. También en el llamado (con intención a veces un poco despectiva) ‘cine religioso’, Rafael Gil brilló con luz propia, en una serie de películas con guion de Vicente Escrivá, entre las que destaca la grandiosa La guerra de Dios (1953), sobre las tribulaciones de un joven sacerdote en una aldea minera donde la injusticia social campa por sus fueros. una película áspera, subversiva, nada complaciente, en las antípodas del relamido cine ‘beato’, desbordante de amorosa humanidad y vibrante en su denuncia.

Rafael Gil fue un cineasta extraordinariamente prolífico, que incursionó en casi todos los géneros (y en casi todos dio muestras de su genio); un auténtico ‘animal cinematográfico’ que conocía como ningún otro director de su generación los recursos expresivos del nuevo arte. Y dueño de un estilo transparente, sin grandes alharacas formales, con un sentido innato de la planificación y una elegancia compositiva que lo aproximan a los grandes maestros del clasicismo. Aunque, con el paso de los años, su filmografía empezó a cobijar títulos que ya no tenían la frescura y la magia de los primeros (como, por otro lado, ocurre con tantos cineastas sobresalientes. pensemos en Buñuel o en Berlanga, por no abandonar nuestro predio), tal vez porque las imposiciones de la ‘comercialidad’ le exigían ciertas concesiones, el rosario de obras maestras que nos brindó entre principios de los cuarenta y mediados de los cincuenta bastan para colmar el apetito del cinéfilo más insaciable. Invito a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan a aproximarse, en este año de su centenario, a las películas de Rafael Gil; descubrirán un tesoro de sorpresas inesperadas que en cualquier país normalizado culturalmente serían archisabidas.