Horta, hermoso laberinto

Horta, para los barceloneses de Ensanche, es una especie de más allá. Algunos, a buen seguro, no han paseado jamás por sus calles y otros tantos no sabrían colocarlo en el mapa de la ciudad. Y no está tan lejos. Es un barrio popular de fuerte arraigo para aquellos que han crecido en sus predios y está poblado por gentes de carácter participativo y de cierto encanto desprovisto de la tensión tan propia de los centros históricos. En su día fue un municipio independiente que, como ocurriera con otras Villas, acabó siendo anexionado por la capital e, inevitablemente, invadido por la fiebre inmobiliaria. Poco queda de aquella población que llevaba el nombre de la familia Horta y que rezumaba aire residencial y boscoso, felicidad de extrarradio, carácter sereno y paseante.

Llegó el metro a mediados del siglo pasado a la plaza de Ibiza, y del sueño de pinos y encinas queda hoy solo algún retazo. Horta, no obstante, es un paseo obligado para quien quiera conocer rasgos del esplendor rural y adinerado de las viejas masías catalanas. Muchas desaparecieron, como tantas cosas de los pueblos y ciudades de España, pero en Horta aún quedan muestras felices del encanto arquitectónico catalán de siglos pasados. Can Mariner, por ejemplo, es un símbolo de lo que el barrio fue. masía del siglo XV, es una forma de resistencia que Horta muestra ante el avance de las rondas, los túneles y las grandes avenidas que la atraviesan. Hoy es biblioteca municipal, y ahí está, majestuosa, mostrando el pasado espléndido que también representan Can Cortada (donde vivió Santiago Rusiñol) o la soberbia Can Fargas, hija del siglo XIII. Hacerse con un mapa de Horta y visitar su legado arquitectónico, desde Can Fuster a la Casa Giol, es una delicia recomendable, además de una forma plástica de poner escenarios a la prosa portentosa de Juan Marsé. Ya no quedan aquellos campos, masías, viñas de las que hablan las memorias de los viejos del lugar, pero queda un encanto indudable y queda, imperturbable, el parque del Laberinto, donde recuerdo haberme fascinado de pequeño entre los perfectos jardines que ahí siguen para deleite de todos, como una especie de remedo de la reserva climática que Horta fue en su día. Perderse por el casco antiguo del barrio, milagrosamente conservado alrededor de la plaza de Ibiza, plagado de plataneros y jardines breves de magnolios y mandarinos, es garantizarse un carrusel de agradables sorpresas, como Can Quimet, una fascinante taberna de los años veinte donde un feliz mediodía me zampé una chapata de butifarra de Solsona que aún me crea salivación, como La Esquinica y sus tapas extraordinarias de las mejores de Barcelona, como la rústica Bodega Massana o como el catalanísimo Es Bandoler.

Pero Horta, y a eso iba, transmite una felicidad solidaria que se ha mostrado, una vez más, a través de su Asociación de Comerciantes, volcada en vender calendarios al precio de un euro al objeto de que la familia de Nacho, niño víctima de la enfermedad de Dent del que ya les he hablado en alguna ocasión, pueda destinar fondos a la investigación de esta rarísima e incurable enfermedad. No es la primera vez que lo hacen. en otras ediciones se fotografiaron para recaudar dineros para El Caliu, el comedor social del barrio, o filmaron un colectivo y entusiasta vídeo con rumba catalana para ayudar a El Carrilet, un centro para la atención de niños autistas.Gente de barrio, gente de siempre, gente generosa, gente combativa, de fuerte carácter asociacionista. Eva, la madre de Nacho, se ha pateado la ciudad pidiendo tapones para intercambiarlos por dinero con el que apoyar las investigaciones. Son gotas en un pantano, pero gotas de esperanza al fin. Y ha dado, felizmente, con la gente de Horta, ese regalo que tiene Barcelona en su noreste, colgando de Collserola, al lado del Guinardó, tan cerca siempre del corazón de quienes la conocen. n