¿Para qué nos sirve la intuición?

Carolina Cañil Cubillo. Las Rozas (Madrid)

Estoy en Londres, como en los viejos tiempos, para saludar al año nuevo. Esta semana hemos entrevistado a cuatro científicos que irán alimentando otros tantos programas de Redes, de la Televisión Española. Hubo un tiempo, hace ya casi veinte años, en el que Redes era una ventana abierta al mundo exterior. oíamos hablar por primera vez de científicos como el biólogo Richard Dawkins, máximo exponente del científico ateo y sabio; el neurólogo Oliver Sacks, entonces narrador incipiente del cerebro actual asediado por el conocimiento cognitivo; el geógrafo Jared Diamond, cuyo libro sobre las armas, los genes y el acero descubrió a millones de lectores su propio mundo por primera vez; o Nassim Nicholas Taleb, que empezaba entonces a abordar la ciencia de la toma de decisiones bajo el paraguas de la extrema opacidad.

¿Ha cambiado el mundo en el que vivimos tanto como se pretende a menudo? O, por el contrario, ¿seguimos en el dintel de un mundo nuevo cuyo fragor nos ensordece pero nunca acaba de llegar?

Esa es la eterna cuestión. No tiene uno la impresión de que Richard Dawkins haya convencido al resto del mundo de que el alma está en el cerebro , como sugería ya un investigador del siglo XVII.

Es curioso, pero, cuando comparo los poquísimos que estaban convencidos entonces de que el alma está en el cerebro con el número de los que han abandonado toda creencia sobrenatural ahora, no veo gran diferencia. Es probable que ahora vaya menos gente a misa, pero no parece haberse producido un cambio total de mentalidad; más bien se han sustituido unas prácticas de creyentes por otras, sin entrar en el tema de quién manda en el universo, si es que manda alguien.

Sí parece probable que la realidad cuántica se haya impuesto en la vida cotidiana. Hasta comienzos del siglo XX, el mundo se dividía entre los convencidos de que no había efectos sin causas es decir, que el futuro del mundo era siempre predecible en función de lo que ocurría ahora y los cuatro gatos que comulgaban con el principio de incertidumbre, en virtud del cual nada era predecible porque estábamos muy lejos de entender porque no todo se podía explicar razonablemente.

Frente al dogmatismo imperante se abría paso el imperio de la incertidumbre. Pero en el trabajo y en el transporte público tengo el presentimiento, a veces, de que sigue habiendo muy pocos cuánticos. Oigo demasiadas veces a gente que levanta su tono de voz para decirle al compañero de viaje. Yo sé muy bien que tengo razón o no tienes ni idea de lo que está ocurriendo; te he dicho mil veces que eso es justo al revés de lo que pretendes , como si ellos, en contra de la física cuántica, lo supieran todo.

Lo lógico sería pensar que tienen razón los neurólogos que están descubriendo la importancia de la intuición con relación al pensamiento racional o meditado.

Las pruebas son sobradas en el sentido de que el cerebro alberga muchos resortes cognitivos que tienen poco que ver con la razón y mucho con la intuición.

Me encuentro todos los días amigos que no han tenido tiempo para estudiar a fondo una cuestión determinada hasta comprobar que están en lo cierto y que no tienen más remedio que recurrir al acervo inacabable de su sentimiento y su intuición para decidirse ir en un sentido u otro. ¿Tanto cuesta aceptar que la intuición es una fuente del conocimiento tan válida como la razón? La ciencia descubre que casi todo es intuición porque no hay tiempo o argumentos para otra cosa. Pero la mayoría sigue convencida de que solo la razón cuenta. ¿Cambian más o menos la cosas de lo que tendemos a creer o no cambian?