Libros imaginarios

Son muchos los libros imaginarios que pueblan la literatura, tantos que alguien debería preocuparse de recopilarlos, en una especie de guía o diccionario, al estilo del que Manguel y Guadalupini dedicaron a las geografías apócrifas. En ese repertorio casi infinito figuraría el Necronomicón, aquel mamotreto encuadernado en piel humana que comparece en las ficciones de Lovecraft, cuya lectura despertaba a las formas primigenias y viscosas que un día remotísimo poblaron la tierra. Tampoco podría faltar el Tratado sobre la risa de Aristóteles, que sí fue escrito pero se perdió entre el polvo voraz de los siglos, aunque Umberto Eco lo resucitase para justificar los crímenes que salpican El nombre de la rosa. Fray Jorge de Burgos, el monje ciego y asesino que protagoniza la novela de Eco, es, por cierto, un trasunto de Jorge Luis Borges, quien urdió aquel libro de arena que no tenía ni principio ni fin, y cuya mera existencia bastaba para enloquecer a su propietario. A Borges le entusiasmaba llenar su escritura de falsas referencias eruditas sobre autores y obras que nunca existieron. Muchos de sus relatos están plagados de libros imaginarios que hubiésemos deseado leer, como Los enemigos, drama en verso escrito (o pensado) por Jaromir Hladik, el protagonista de su cuento El milagro secreto; o como El jardín de los senderos que se bifurcan, obra sutil de Ts’ui Pen que presta su título a una de sus más divulgadas ficciones; o como El acercamiento a Almotásim, novela de intenciones metafísicas del abogado Mir Bahadur Alí, presuntamente publicada en 1932 en papel casi de diario , en cuya cubierta se anunciaba al comprador que se trataba de la primera novela policial escrita por un nativo de Bombay City .

Otro autor que compartió con Borges la afición por los libros imaginarios fue el polaco Stanislaw Lem, quien a principios de los años setenta publicaría Vacío perfecto, una rara recopilación de recensiones de libros inexistentes; y una década más tarde entregaba a las imprentas Provocación, obra en la que insiste en el mismo procedimiento, incluyendo sendos ensayos sobre dos obras imaginarias. La primera, atribuida a un historiador alemán de apellido Aspernicus, versa sobre el Holocausto, e incluye un análisis desasosegante sobre la personalidad de Hitler y la banalidad del mal. La segunda obra reseñada por Lem se titula Un minuto humano; en ella, su autor, un tal Johnson y Johnson, trata de compendiar todo lo que sucede en el mundo en un minuto, hazaña inverosímil que nos trae a las mientes el asombro que al personaje de Borges le causa el descubrimiento del Aleph.

Pero, si tuviera que elegir, entre todos los libros imaginarios que la literatura ha soñado, me quedaría, sin duda alguna, con el muy original prontuario que, según Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes escribió sobre los distintos tipos de ceniza que dejan los diversos cigarros y cigarrillos al consumirse. Holmes, aquella inteligencia microscópica y apabullante, era capaz de saber, asomándose a un cenicero repleto y atendiendo a la textura casi intangible de las cenizas que allí se mezclaban, la procedencia de los cigarrillos que habían fumado los asistentes a una reunión, y hasta la procedencia geográfica, los hábitos y manías y hasta las preocupaciones intelectuales de dichos asistentes, pues no cabe duda de que, entre un fumador de cigarrillos turcos, aromados de misterio y exotismo, y otro de puros habanos, exuberantes como la manigua, tiene que haber importantes diferencias de idiosincrasia.

De niño, deslumbrado por las narraciones policiacas de Conan Doyle, jugaba a imaginarme el contenido de aquel eruditísimo ‘tratado cinerario’ de Sherlock Holmes, y me asomaba a los ceniceros de mi casa, tras la visita de parientes o amigos de mis padres, para tratar de recomponer su psicología a través de aquellos rastros fragilísimos que dejaban, después de haber bautizado de placer sus pulmones. Mi labor detectivesca era menos ardua que la de Holmes, pues al haberse entronizado ya los cigarrillos emboquillados, las marcas eran más reconocibles. A los fumadores de More, por ejemplo, me los figuraba un poco perversos y delicuescentes, con vocación de odalisca o ladrón exquisito, y a los fumadores de Ducados, recios y viriles y abnegados como mi propio padre. Solicité a los Reyes Magos que me regalasen una lupa y, armado de aquel artilugio que era como un ojo abusivo, examinaba las cenizas con curiosidad científica, espiando las vidas ajenas a través de aquellos vestigios mínimos y aromáticos.

¡Cuánto hubiese dado por leer el libro de cenizas que escribió Sherlock Holmes!